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divendres, 23 de març de 2018

José María Sentís y Simeón (1896-1989), hijo ilustre de Riudoms


Hoy que los medios andan pendientes de la penúltima escena de la tragicomedia separatista en Cataluña (tragicomedia consentida, protegida y financiada por el Gobierno «de facto» de España), vamos a recordar una fechoría de hace una semana, cometida por los separatistas que controlan el Ayuntamiento de Riudoms: el cambio del nombre de la Avenida de José María Sentís y Simeón por «del Primer d'octubre».

A José Mª Sentís y Simeón (1896-1989) le dedicaron esa avenida por encontrarse en ella unas escuelas que él promovió. Hijo ilustre de Riudoms, benefició a su pueblo de múltiples maneras. Hasta el punto de que la propia coalición nacionalista CiU había evitado la retirada de su nombre en ocasiones anteriores. Ahora esa misma Convergencia, bajo su nueva etiqueta PDeCAT, cambia su postura invocando el «Procés», y apoya la sectaria propuesta de la CUP junto con ERC.
Llama la atención la insistencia de referirse a Sentís como «franquista». Si bien aceptó algunos cargos oficiales en la posguerra, volvió enseguida a la lealtad a la Comunión Tradicionalista, de la que fue incluso Secretario General bajo el Rey Don Javier I, tan opuesto al franquismo y tan perseguido por este régimen. Incluso cuando ostentó cargos, fueron constantes y ruidosos sus enfrentamientos con FET y de las JONS. Lo que no se le perdona es haber sido catalanista de verdad y, por lo tanto, haber combatido eficazmente al nacionalismo catalán (anticatalán, en realidad). Tampoco el ser hermano de un mártir, Eusebio Sentís, exalcalde de Riudoms asesinado en 1936 por los rojo-separatistas.

Véase el sesgado relato de delCamp.cat: https://delcamp.cat/reus/politica/lavinguda-josep-m-sentis-riudoms-convertira-avinguda-del-doctubre

Tomado de la Agencia FARO (22 de marzo 2018).


dissabte, 14 d’octubre de 2017

Luto en España por la muerte de Don Jaime. Los separatistas catalanes tratan de perturbar el funeral en Barcelona y lo pagan caro (1931)

Luto en España

La sorpresa que causó la defunción repentina de don Jaime no produjo deserciones en las filas legitimistas. Hubo, sí, el gran dolor de los carlistas de que su Rey muriera en el destierro y que sus huesos no reposaran en tierra de España. Por todas partes hubo solemnes funerales, lo mismo en ciudades que en pueblos y aldeas. También los hubo en el extranjero, siendo muy suntuosos los celebrados en Buenos Aires, y muy íntimamente emocionantes los que celebraron en Jerusalén los franciscanos españoles.

Por todas partes se respetaba el dolor de los carlistas. Sólo hubo una población en la que este respeto no se guardó. Caro les costó. Fue en Barcelona. Se celebraron los funerales en la Catedral, donde acudió una imponente multitud. Los muchachos del Requeté montaron el servicio de orden. Un grupo de nacionalistas, pertenecientes a los "escamots" del Estat Catalá, creyéndose amparados por las autoridades, intentaron perturbar el acto. Los requetés replicaron, y junto a la Canonja hubo un encuentro, y se dieron a la fuga los separatistas, llevándose unos cuantos heridos y dejando en el suelo el cadáver del Jefe que los mandaba. Hubo detenciones. Fue acusado un requeté llamado Ballés, más conocido por "El Tit", pero no pudo probársele nada, y la Audiencia de Barcelona lo absolvió.

Casa de la Canonja o Pia Almoina, junto a la Catedral de Barcelona,
donde los separatistas atacaron a los requetés jaimistas y fueron derrotados.


Melchor Ferrer Dalmau: Historia del Tradicionalismo Español (tomo XXIX), pp. 223-224

diumenge, 11 de setembre de 2016

Testimonio del requeté Juan Riera Bartra (1913-2013)

Nací en 1913, en el barrio de San Andrés de Palomar, en Barcelona. Fuimos diez hermanos, pero dos murieron de niños y otro hermano más siendo muy joven, así que solo quedamos siete. Éramos una familia era muy religiosa: mi hermano Ramón padecía una enfermedad rara que se llama atrofia muscular progresiva, y que en aquel momento no tenía curación. Todos los años iba de peregrinación a Lourdes acompañado de mis padres y de una hermana para pedir su curación, y el tercer año que iba, con 16 años, murió por el camino. Unos días antes, mi madre le dijo: «mira Ramón, me parece que este año no podrás ir porque tienes fiebre y no te encuentras bien», pero él le contestó: «no mamá, tengo que ir que este año seguramente la Virgen me curará». Montó en el tren, y durante el camino, entre Narbona y Carcasona, murió mientras le auxiliaba un jesuita que viajaba en el mismo vagón, y quedó enterrado allí, en Lourdes.

La familia nos habíamos dedicado de siempre a los curtidos; mi abuelo ha había montado a principios de siglo una fábrica de curtidos en San Andrés, que luego tuvo que vender mi padre por una crisis. Sin embargo, al cabo de un tiempo tuvo una oportunidad y alquiló otra fábrica de curtidos con la que continuamos en la misma actividad.

Mi padre en principio no era de ningún partido político, pero tenía un pariente que era muy carlista y después de acompañarle varias veces a mítines, aquello le gustó y se hizo carlista. Era un hombre muy conocido en el barrio, Presidente del Carlismo allí, en San Andrés, y durante varios años fue concejal carlista en Barcelona. En aquellos años los carlistas íbamos juntos con la Lliga Regionalista de Cambó, y en la lista del grupo dejaban dos puestos para concejales carlistas.

Ramón Riera Guardiola (San Andrés de Palomar, 1876 - 1955)
Jefe de la Comunión Tradicionalista en la ciudad de Barcelona en 1936.
Necrología del padre publicada en La Vanguardia Española

Luego, durante la República, el ambiente se fue caldeando, y aunque en el barrio no hubo una persecución religiosa abierta, sí había dificultades. Recuerdo que en una de las elecciones acompañé a mi padre a votar y en el colegio encontramos a un grupo de monjas a los que unos señores de izquierdas no les dejaban votar: «las monjas pues no tienen derecho a votar», decían, y mi padre se les enfrentó: «¿no son mujeres?, pues entonces pueden votar como el resto». No sé cómo acabó la cosa, pero había tensión en la calle.

Como carlistas, estábamos comprometidos con el Requeté de Barcelona, así que el 18 de julio, a la madrugada, nos dieron la orden de que los jóvenes nos concentráramos cerca de la plaza Universidad y los adultos acudieran a los cuarteles de San Andrés. Sin embargo, como yo iba con mi padre y un tío, y vivíamos allí, fuimos los tres al cuartel de San Andrés. Allí nos juntamos gente de Renovación Española y bastantes carlistas. Pasamos muchas horas allí en espera de noticias, sin hacer nada, hasta que pasó un avión y tiró una bomba contra el cuartel, aunque cayó fuera.

Entonces se decidió ya salir, y el capitán que debía conducirnos al interior de Barcelona, al arengarnos justo antes de salir, para contentar a la tropa, tuvo la idea de gritar “viva la República”, con lo que uno de nuestro grupo de requetés gritó al revés, “muera la República”. Los carlistas quedamos descontentos, dejaron los fusiles en el suelo y dijeron: «por eso nosotros no salimos. No hemos venido aquí a salvar la República». Vino entonces el coronel a intentar arreglar la situación, porque lo hicieron mal; sin hubieran empleado para arengarnos algo que nos contentara a todos, como “viva España”, se podía haber evitado.

A última hora de la tarde, el coronel nos comunicó la situación: «miren, el movimiento de momento está perdido, así que vayan de regreso a sus casas». Mi padre y yo fuimos andando a casa, mientras mi tío cogió andando la carretera porque tenía a la familia veraneando cerca de Barcelona.

Nosotros llegamos a casa, pero a mi tío, que por lo visto le debieron ver salir de los cuarteles, lo detuvieron a por la carretera y lo llevaron al ayuntamiento de Moncada, donde se juntó con otros detenidos, entre ellos al jefe del Requeté de Barcelona. Al día siguiente, a la madrugada, se los llevaron en un coche a las afueras del pueblo, entre Moncada y Mollet, muy cerca de Barcelona, les dijeron bajar y les fusilaron junto a la carretera. A mi tío le pegaron un tiro en la cabeza y cayó muerto, pero el Jefe del Requeté de Barcelona tuvo más suerte: una bala le rozó, se tiró al suelo y lo dejaron por muerto. Luego él llegó andando hasta Tarrasa, su pueblo, y después de que le curaran pudo preparar el paso por los Pirineos a la España nacional.

La persecución a los carlistas en Cataluña fue implacable: los que no fueron asesinados acabaron encarcelados o tuvieron que pasar a Francia para salvar el cuello. El caso de Tomás Caylá, el jefe de los carlistas de Cataluña, fue especialmente cruel: lo asesinaron en la plaza de Valls, su pueblo, dejaron el cadáver allí expuesto y avisaron a su madre «para que fuera a buscar a su hijo».

Cuando mi padre y yo llegamos a casa, unos vecinos pasaron a avisarnos de que los milicianos iban a venir a por nosotros, para que nos marcháramos si no queríamos que nos llevaran detenidos. Salimos para Barcelona, a casa de una hermana donde pasamos varios días, hasta que nos dimos cuenta de que tampoco aquél era un lugar seguro. Pasamos entonces a la casa del contable de la fábrica, que tenía doble nacionalidad, francesa y española, con la idea de que quizá por eso estaríamos allí más protegidos.

Aprovechando que mi cuñado era médico y tenía un pase para poder entrar y salir de Barcelona, nos fue sacando de la ciudad de uno a uno, como si fuéramos sus ayudantes, para llevarnos a Moncada, el pueblo donde solíamos pasar el verano. Una vez allí, le salió un trabajo como médico en Santa Pau, cerca de Olot, así que nos trasladamos toda la familia allí. Era un pueblo tranquilo, pacífico y había algún carlista que nos ayudó. Además, para no levantar sospechas nos distribuimos en diferentes casas del pueblo.

Después de estar un mes escondidos en el pueblo, tanto yo como mis dos hermanos, decidimos cruzar a Francia para a zona nacional y poder combatir por nuestras ideas. Buscamos un guía de confianza, cogimos un coche de línea y nos bajamos cerca de la frontera; luego descendimos por una pendiente que conocía el guía ya en dirección a Francia. Por el camino encontramos a unos payeses que, extrañados, nos preguntaron: «¿dónde vais por aquí?», a lo que respondimos: «a cazar». Anduvimos hasta pasar la frontera, y el guía regresó. Una vez allí, nos hicieron un pase para poder ir a Perpinyà, donde nos habían informado que un carlista había montado un punto de ayuda para los que nos pasábamos. Nos proporcionó billetes de tren a Irún y nos dio instrucciones.

Una vez que cruzamos a España por Irún los tres hermanos nos presentamos inmediatamente en la oficina de alistamiento de San Sebastián. Pedimos incorporarnos al Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, como la mayoría de catalanes, pero no fue posible: «lo sentimos, pero ya está cubierto», dijeron. Entonces, mi hermano Ignacio y yo, como teníamos carné de conducir, pedimos ir en tanques de combate, mientras que Luis, al ser estudiante de Medicina, entró como sanitario en un batallón.

Requetés en un blindado, en 1938 en el frente de Cataluña.
Archivo Gastañazatorre Urizar.

En cada compañía de nuestra unidad íbamos tres tanques Krupp y otro Maybach, en el que solía ir el capitán, y cada carro tenía una dotación de dos personas: el conductor y el tirador. Cada tanque estaba armado con un cañón o dos ametralladoras en la torreta giratoria, y nuestra función era ir siempre delante del batallón, hacer rutas antes de los ataques para descubrir si había mucha resistencia y a veces proteger a la infantería en los avances. En alguna ocasión oficiales alemanes nos dieron clases sobre cómo manejar los carros y nociones básicas sobre táctica de la guerra con tanques, pero como realmente se aprendía era andándolos.

El blindaje soportaba las balas, pero no las granadas de artillería. Recuerdo que en una ocasión impactó una granada encima de uno de los tanques de nuestra compañía, y la torreta saltó por los aires matando al tirador, un chico joven de Barcelona. Estalló la munición y el conductor también murió carbonizado; mi hermano y yo sacamos los cuerpos y los cubrimos con mantas. Luego los cargamos en una furgoneta camino de Zaragoza, donde debían tener parientes.

Sin embargo, lo más duro para nosotros era el calor. Allí dentro metidos, con el calor que desprendía el motor y el sol sobre la chapa, el ambiente se hacía insoportable.

Nos tocó operar en los frentes de Madrid, Toledo, Teruel y la parte del Ebro. En Teruel recuerdo que no lo pasamos tan mal como otros, porque el motor nos hacía de calefacción y con ese frío iba bien. Luego, a la noche, nos retirábamos a alguna casa y dormíamos entre la paja. A las afueras de Teruel tuvimos acciones fuertes; recuerdo un avance hacia las líneas rojas: crucé con el tanque la zanja de la trinchera de los rojos y entonces levantaron los brazos en señal de rendición.

La única vez que fui herido fue en Villalba de los Arcos, cerca de Gandesa. Aquellos días nos ordenaron apoyar al tercio de Montserrat, que sufrió cantidad de bajas, y como no había tanques operativos para todas las dotaciones nos turnábamos: un día salía yo con el tanque y al día siguiente mi hermano, y yo me quedaba en el pueblo de descanso. Estando en la entrada de una casa, cayó un obús de artillería, y me entró metralla en el pié. Una cosa de poca importancia, pero no me dejaba caminar. Me evacuaron a Zaragoza hasta que la metralla se movió de sitio y no me dio más molestias, tanto es así que todavía llevo aquella metralla en el pie.

También mis hermanos tuvieron suerte y terminaron bien la guerra, únicamente con pequeños sustos. A Ignacio, durante una ruta de inspección, le estalló cerca una bomba y le hizo una herida de poca importancia en la espalda.

Ignacio Riera Bartra, concejal de Barcelona entre 1961 y 1966
(revista de las fiestas de San Andrés de 1965)

Luis tuvo aún más suerte: una noche, mientras dormía con otros tres compañeros debajo de un árbol, comenzó de madrugada un ataque de la artillería roja; cayó una bomba matando a los otros tres, y el único que salvó la vida fue mi hermano.

De aquellos años tengo muchos recuerdos, incluso hice un pequeño librito de memorias sobre mi paso por los tanques. Todavía procuro asistir a todos los actos que organiza la Hermandad del Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, la unidad que mejor simboliza el espíritu y los motivos por los que combatimos muchos catalanes en aquella guerra, aunque la historia no se acuerde casi de nosotros.


Tomado de Juan Riera Bartra, Fundación Ignacio Larramendi

***

Uno de los hermanos, Luis Riera Bartra, fue doctor en ginecología. Lamentablemente la clínica médica de Barcelona que en su honor lleva el nombre de Institut Riera Bartra, dirigida por su sobrino, el Dr. Ramón Riera Rovira (hijo de Ignacio Riera Bartra), realiza todo tipo de prácticas inmorales, indignas del buen nombre de esta antigua familia carlista.

dimarts, 19 de juliol de 2016

El terror rojo en Cataluña I - Pórtico

por Antonio Pérez de Olaguer (carlista de Barcelona)

PÓRTICO
I

Asesinado Calvo Sotelo, todo el mundo comprendió en Barcelona, como en las demás ciudades españolas, que se acercaba el instante decisivo en que chocaría el comunismo con las reservas de la Tradición; pero en Barcelona el nerviosismo era mayor, debido a múltiples factores y acontecimientos.

La fiesta del Primero de Mayo había constituido un alarde imponente de fuerza comunista. Centenares de millares de obreros inundaron los campos y coronaron las alturas, tremolando banderas rojas, como sin darle importancia al hecho. Desde aquella fecha el ambiente se enrareció. Los sacerdotes no podían transitar por los barrios humildes sin exponerse a groseros insultos de palabra y de obra. En la semana que siguió al asesinato de Calvo Sotelo, las ramblas hervían, todas las noches, de un verdadero ejército rojo, bien armado y avizor. Y bajo el pretexto de celebrar una «Olimpíada Popular», que compitiese con la de Alemania, la Esquerra acumulaba en Barcelona algunos millares de ex combatientes franceses, rusos y checoeslovacos y buen número de bandoleros mejicanos. Los trenes circulaban con enormes letreros que insultaban soezmente al Ejército y al Sacerdocio. Y las autoridades se complacían en tolerarlo y se dedicaban a repartir armas por millares, sirviéndose de camiones, en los barrios extremos de la ciudad, en los que no ser comunista era una rara excepción.

También las derechas daban muestras de actividad. La oficialidad se mostraba dispuesta a sacrificarlo todo, a arriesgar su porvenir y su misma vida, con tal de salvar la Religión y la dignidad y unidad de España. Y miles de ciudadanos se aprestaban para tomar las armas y echarse a la calle, en cuanto lo ordenase el Ejército salvador. Carlistas, falangistas, militares retirados, juventudes de Renovación Española y de la CEDA, se fundieron en una sola organización, distribuida en centurias y decurias y provista de distintivos e incluso de armas. No recuerdo que formasen parte de este frente único las juventudes de la Lliga. Recuerdo que estaban contra él los jóvenes de Unión Democrática y los Jóvenes Cristianos Catalanistas.

El Movimiento salvador nació con mala estrella. Dos días antes fue detenido un enlace que llevaba encima importantes documentos. Por otra parte, la Guardia Civil adoptó una actitud desconcertante. La Generalidad la empleó en una guardia permanente que impedía la salida de la guarnición fuera de la capital y cortaba una posible retirada en caso de vernos derrotados. La captura del enlace permitió a la Generalidad tomar sus medidas, orientadas por el General Llano de la Encomienda. La noche del sábado, grupos de escamots y de faístas montaron nidos de ametralladoras en las azoteas y torrecillas del trayecto que debían seguir las tropas. Además, nuestros adversarios se incautaron, aquella misma noche, de millares de autos, y en cada auto se acomodaron tres faístas y un técnico —guardia de Asalto, o ex combatiente ruso— armados de pistolas ametralladoras.

Mientras la Generalidad tomaba las precauciones antedichas, unos quinientos jóvenes de nuestra organización se distribuyeron por los cuarteles, para animar a las tropas. La consigna era que la Guardia Civil tomaría la emisora de radio y lanzaría a las ocho de la mañana una orden terminante, para que se echase a la calle y cooperase con la tropa toda nuestra organización ciudadana.

Mozos de Escuadra defienden el palacio de la Generalidad

II

A las cuatro de la madrugada, las tropas se dirigieron a sus objetivos, quedando en los cuarteles la fuerza indispensable para defenderlos y proteger la retirada. No falló más que un cuartel, en el cual habían sido previamente encarcelados los oficiales afectos al movimiento. Falló también, casi en absoluto, la Guardia Civil, muy trabajada por la propaganda comunista y seducida por los discursos, garantías y promesas de Aranguren, Pozas y demás traidores. Terrible fue la lucha. Los aeroplanos de la Generalidad ametrallaban sin piedad a los soldados y a los ciudadanos que les acompañaban. Hora y media estuvo cargando el regimiento de Santiago, con su Coronel al frente, para abrirse camino por el paseo de Gracia, y lo hubiesen logrado sin la intervención de los aviones separatistas. Otras tropas, más afortunadas, aunque no más heroicas, conquistaron preciados objetivos, entre ellos la Telefónica, situada en la plaza de Cataluña, y la Universidad, en cuya toma colaboraron los requetés y los estudiantes monárquicos y falangistas.

Pero, en su conjunto, el Movimiento presentaba mal cariz. La Guardia Civil no atacó la radio, y ésta, en vez de lanzar la anhelada consigna, daba noticias favorables a la Generalidad. A las once, la Guardia Civil atacó por la espalda a nuestros artilleros que estaban a punto de conquistar la Consejería de Gobernación. Al mediodía, la misma Guardia Civil, lanzando gritos estentóreos de «¡Arriba España», era recibida como un auxilio providencial en la Universidad y a traición se posesionaba del edificio. A las tres de la tarde, la Guardia Civil y los de Asalto, provistos de morteros y secundados por la hez del pueblo, vomitada por las bocas del Metropolitano de la plaza de Cataluña, asaltaron la Telefónica. Nuestros aviones, que no actuaron por la mañana porque el General Goded extremó el respeto a la ciudad y a sus obras de arte, no pudieron actuar por la tarde, ya que la tropa se insubordinó y detuvo a la oficialidad leal. Los refuerzos prometidos no llegaban, porque la inesperada defección de una parte de la Escuadra imposibilitaba su traslado. En varias calles y plazoletas yacían montones de oficiales, soldados y ciudadanos, en torno de una pieza de artillería, entre caballos agónicos o muertos.

Caía la tarde. La Guardia Civil, la FAI y algunos guardias de Asalto, se encaminaron hacia la Capitanía general arrastrando tres cañones. No se necesitaba mucha técnica para batir un edificio absolutamente desprovisto de condiciones estratégicas. El General Goded procuró salvar a cuantos oficiales pudo y les dio oportunas instrucciones. No se rindió. Los atacantes derribaron las puertas y entraron como un alud. Y hallaron al General, muy sereno. Como era cristiano, no se pegó un tiro. Uno de aquellos miserables disparó contra él y le hirió levemente. Le apresaron y le condujeron a la Generalidad. El General babia ordenado que siguiesen resistiendo los cuarteles de la línea del Llobregat, por si llegaban refuerzos. Mandó a los demás que se rindiesen, porque era baldía la resistencia contra la masa imponente del sindicalismo y aun era posible salvar la vida de los soldados.


Milicianos celebran el fracaso del Alzamiento en Barcelona el 19 de julio de 1936.

III

Uno tras otro se rindieron los cuarteles. Los oficiales recabaron para sí toda la responsabilidad, con lo que salvaron a la tropa. El lunes, cuando se supo con certeza que no llegarían refuerzos, se entregaron los que guarnecían la línea del Llobregat, o sea Pedralbes y Atarazanas.

Pero de estas últimas rendiciones apenas se enteró Barcelona. El Terror Rojo ya se había iniciado. Rotos los diques, desarmados los nuestros, se desbordaba el populacho azuzado y controlado por rusos, franceses y mejicanos, por comunistas, judíos y masones. Ardían los templos. Ardían por tres veces, hasta que se derrumbaba la techumbre. Una turba soez desfilaba ante las momias de las religiosas, a cuyo lado los masones de El Diluvio colocaron huesecitos de niño, con la más siniestra y grosera intención. Se allanaba los domicilios. Caían por centenares las víctimas. Los camiones y automóviles de la Generalidad y de la Confederación Nacional del Trabajo irrumpían en los paseos, transitando por el andén reservado a los peatones, y en ellos se hacinaban gavillas de criminales, con los ojos encendidos en odio satánico, el cuchillo entre los dientes y la star en la mano crispada. Se inauguraba el Terror Rojo. Miles de seres inocentes iban a caer bajo el rodillo montado por el soviet y la masonería.

El terror tuvo un pórtico. Voy a describirlo para que sirva de introducción a mis cuadros, tan cruentos como objetivos. Fue el domingo, a las seis y cuarto de la tarde. La turba que había conquistado la Telefónica, se apoderó de uno de esos carros de artillería, con baranda campesina, que recuerdan el que condujo al cadalso a Luis XVI. Le engancharon dos caballos, enjaezados con arreos muy parecidos a los que se empleaba en tiempo de la Revolución francesa. Yo no sé de dónde los sacaron. Yo ignoro qué obscuro antro, qué logia diabólica se los proporcionó. Subieron al carro dos hombres, con un pistolón en cada mano. Lo custodiaban, a cierta distancia, tres parejas de guardias marinos, muy parecidos también a la guardia revolucionaria de los viejos grabados franceses.

Esta lúgubre comitiva tomó por el arroyo central del paseo de Gracia. Los pistoleros del carro gritaban de vez en cuando: «¡Viva la República comunista!» Y levantaban el puño en alto. Las familias del paseo cerraban atemorizadas los postigos. No querían ver la realidad. Se negaban a creer en ella. Una muchachita no levantó el puño. Quizá por valentía, quizá porque el miedo le arrebató la serenidad. Los pistoleros obligaron a los guardias a subirla al carro. ¿Fue asesinada más tarde? Esta fue la cabalgata simbólica que abrió, en Barcelona, las puertas dantescas del Terror Rojo.

No me propongo trazar un cuadro completo. No alegaré estadísticas. Unas pinceladas, nada más. Hay cosas que no pueden escribirse. No he sabido encontrar todavía la paz necesaria para describir el asesinato de mi padre, herido de cinco balazos, en las manos, pies y muy cerca del corazón, como para reproducir la crucifixión del Señor. Yo recogí su bendito cadáver ensangrentado y besé su venerable frente destrozada por el golpe de gracia. No voy a describir tampoco el asesinato de mi hermano Manuel, acribillado a tiros. Yo no puedo, ni quiero, ser completo. Pero sí pretendo mostrar a España algunas de estas horrendas escenas, para que den gracias a Dios los que no han sufrido la Dictadura roja y nos animemos a acabar pronto con ella, y a la vez que execramos las salvajes crueldades de los culpables y delatamos la responsabilidad de los cómplices, sintamos una piedad, infinita y eficaz, por tantos inocentes que se asfixian en vapores de sangre y de cloaca.

El Terror Rojo en Cataluña (Antonio Pérez de Olaguer, 1937)

I - Pórtico
II - Horda sacrílega
III - La fobia antimilitarista
IV - Gestas del vandalismo