dimecres, 26 d’agost del 2020

El obispo Caixal, por Arturo Masriera

El obispo Caixal 
(artículo publicado en La Vanguardia el 18/9/1928)

Sus estudios, sus opiniones, sus destierros. — La «Librería Religiosa». — La Seo de Urgel. — Sus obras. — En el Concilio. — Vicario castrense. — Su cautiverio y muerte. 
Retrato y firma del Ilmo. Sr. D. José Caixal
en la obra titulada "Biografía del excelentísimo
e ilustrísimo señor don José Caixal y Estradé,
obispo de Urgel", por D. Vicente Porta y
Vilalta, pbro., canónigo lectoral de Urgel.

Hace cincuenta años era en España este nombre objeto de malévola execración de parte de todos los enemigos de Dios y de su Iglesia. Sin conocerle, sin conceder que fuese a la vez un gran sabio y un gran santo, toda la prensa impía y sectaria, y aun la incolora y anfibia, tejieron una calumnia de lodo y afrenta contra la persona del invicto prelado urcelitano. Su memoria y su vindicación nos la sugiere el Concilio Vaticano, cuya convocatoria y celebración reseñamos en nuestro artículo anterior. Y como el obispo doctor don José Caixal y Estradé tomó parte tan activa y lucida en el mismo, éste es el lugar de dar a conocer con exactitud concisa la silueta insigne de aquel príncipe de la Iglesia.

En el pueblo de Vilosell (Lérida) vio su primera luz, el 9 de julio de 1803. Con felices aptitudes para las letras y ciencias, ingresó en 1815 en el colegio de las Escuelas Pías de Igualada, cursando letras humanas e idiomas, y en el Seminario de Tarragona, la filosofía. Pasó después a la Universidad de Cerrera, en donde recibirá, a los veinticuatro años, los grados de bachiller, licenciado y doctor en teología y en derecho, siendo después nombrado catedrático en la primera de dichas facultades, cabiéndole el honor de tener al insigne Balmes como uno de sus discípulos predilectos. En 1831 faó ordenado de sacerdote, y en 1833 obtuvo una canonjía en la Seo Metropolitana de Tarragona. Su modestia, su amor al estudio, su caridad y su bondad, fueron notorias y apreciadas de todos sus contemporáneos. Murió el rey Don Fernando VII, y el arzobispo de Tarragona, doctor Echanove, junto con el canónigo doctor Caixal, fueron desterrados a Mahón por sospechas de intransigencia política. Jurista eximio y amante de la verdad y la justicia, Caixal falló en el foro de su conciencia el pleito dinástico que se inició con la muerte de aquel monarca y ha terminado por extinción en nuestros días. [* NOTA NUESTRA: Resulta extraño que el autor ignorase que el legitimismo jaimista (carlista), aunque mermado, seguía existiendo en 1928. Resurgiría con fuerza pocos años después de publicarse este artículo.] Y de Mahón pasó a Berga, en calidad de capellán del hospital militar de aquella ciudad.

Terminada la guerra civil, pasó a residir sucesivamente en Montpellier, Nimes, Montauban y Besanzón, en donde dejó imborrables recuerdos de su actividad apostólica. Allí escribió las más notables de sus obras ascéticas y escriturarias, y mereció que su nombre en la nación veeina fuese estimado y colocado junto al de los Segur, Dupanloup, Leoordaire, Veuillot y Ravignan. Regresó a España en 1846, y volvió a ocupar su silla en la catedral de Tarragona.

* * *

Su celo y su actividad no conocieron límites. Comprendiendo que la primera arma y la más eficaz para la difusión de la verdad es la prensa, fundó, con el venerable arzobispo Claret, la célebre «Librería Religiosa», de Barcelona. Al biografiar al venerable Claret, dijimos en estas páginas haber sido él el fundador de la misma; pero, sin intentar hoy regatearle este mérito, nos hallamos con la documentación testamentaria del obispo Caixal, en que se consigna que «queriendo que dicha institución corresponda a los fines que me propuse al fundarla..., doy a mi expresado heredero la propiedad y todos los derechos que sobre la dicha Librería Religiosa me corresponden». Pudo muy bien el P. Claret tener la iniciativa y el obispo Caixal ejecutarla; como pudieron muy bien deberse a uno y a otro los recursos con que se llevó a cabo la idea. Por ser dos los fundadores, la gloria de la empresa no se menoscaba. De hecho consta que, al morir el doctor Caixal, heredó la «Librería Religiosa» su heredero de confianza, el arcipreste de Seo de Urgel. Muerto éste, la propiedad pasó las vicisitudes y trámites que el curioso hallará fielmente relatados en si opúsculo «Bodas de diamante», insertó en el Catálogo de la misma, de 1924.

* * *

Desde 1852 brilla con singular aureola el hombre del obispo Caixal. El gobierno español lo propone al Papa Pío Pío IX para la sede de Urgel, y es preconizado en 1853 y consagrado en Tarragona el 5 de junio por el obispo Costa y Borras, el arzobispo Echanove y los prelados de Tortosa y Lérida. Ilustró la sede urcelitana con su doctrina, caridad y prudencia. Restauró la Seo, edificó de su propio peculio el nuevo Seminario, dotó un hospital, organizó y clasificó el rico archivo con sus famosos códices, instituyó obras benéficas y culturales y adoptó toda clase de mejoras materiales (alumbrado, telégrafos, carreteras) y trazó un admirable proyecto de canalización del río Segre para intensificar las producciones agrícolas de la comarca. Como príncipe soberano del Valle de Andorra, inició una serie de obras públicas en esta república. Este era el hombre fanático, sanguinario y cruel en que la prensa de antaño se cebó con tan estúpida alevosía.

En 1885 fue desterrado a las Baleares, por haber dirigido, junto con el gran prelado Costa y Borras, una instancia al gobierno protestando de los errores y atropellos que aquél, faltando al Concordato, cometía. Catorce meses pasó desterrado en Mallorca, siendo agasajado y atendido por todo el pueblo, clero y nobleza, como si en aquel varón señalado con el estigma de la criminalidad por un gobierno sectario, se hubiesen juntado todas las prerrogativas del saber, la virtud y el buen ejemplo. Allí escribió su libro «Veni Mecum pii sacerdotis», que alcanzó buen número de ediciones. Restituido, en 1856, a su amada diócesis, trabajó como nunca, y de su actividad dan testimonio sus obras y la mejora de costumbres de sus diocesanos.

* * *

En 1869 asistió, como hemos dicho, al Concilio Ecuménico Vaticano, por expresa invitación de Pío IX. Con los obispos Urquinaona (entonces de Cádiz y después de Barcelona), Monescillo, Cuesta, venerable Claret y los teólogos jesuitas padres Forns y Costa, formó la brillante pléyade de pensadores ilustres que tanto ilustraron aquella augusta asamblea. El gobierno de Prim no veía con buenos ojos la actuación de aquel Concilio, y mucho menos la asistencia al mismo del obispo Caixal, y así, decidió negarle (en nombre de la libertad) sus pasaportes. Pero el prelado de Urgel era, además, príncipe soberano de Andorra, y en calidad de tal fuese allí, y los gendarmes franceses, en lugar de exigirle pasaporte alguno, formaron en columna de honor y le permitieron el libre acceso a Francia. En los archivos del Vaticano se conservan aún las actas de dicho Concilio. De ellas se nos han facilitado copias fieles de cuatro oraciones latinas que el obispo Caixal pronunció ante los padres del Concilio los días 30 de diciembre de 1869 («Quanto studio»), 15 enero de 1870 («Schemata nobis») y 31 de enero («Vereor ne»). Constituyen un tesoro de ciencia dogmática y son un dechado de prudencia, celo apostólico y perfecto conocimiento de la moral y psicología humana. El Concilio aprobó por unanimidad sus conclusiones y las incorporó a sus deliberaciones. El estilo clásico de la más selecta latinidad, la claridad de conceptos y la más incontrovertible lógica, las constituyen en otras tantas piezas apologéticas dignas de los Anastasios, Tertulianos y Crisóstomos.

* * *

Después de la Revolución, lamentó España otra guerra civil. El obispo Caixal, fiel en su puesto de honor, estando vacío el trono, vio cómo las fuerzas de Don Carlos ocupaban Seo de Urgel. Y entonces fue cuando Don Carlos le llamó a su cuartel real de Durango, en 1873, y le ofreció el cargo de vicario general castrense, si el Papa accedía a ello. Y el Papa accedió, y el obispo Caixal, frente a la anarquía que tenía a la nación dividida en tres insurrecciones, además de una guerra colonial, aceptó la bandera de Don Carlos, creyendo de buena fe que era el único caudillo que podía salvar a España. Y hasta el 26 de agosto de 1875, en que Martínez Campos tomó la plaza, permaneció en Seo de Urgel alentando a sus defensores y practicando la caridad con todos. Habíase estipulado en la capitulación que los carlistas saldrían de la plaza con armas y todos los honores militares. Jovellar y Martínez Campos saludaron a Lizárraga, el defensor de la misma; pero al obispo le negaron hasta el saludo militar. Le hicieron prisionero, llevándolo por Puigcerdá y Vich, hasta San Andrés de Palomar, en donde, en un coche, le condujeron al puerto de Barcelona, embarcándole, entre denuestos y ultrajes de la plebe, para Alicante, en cuyo castillo fue encarcelado. Allí estuvo hasta el 6 de abril de 1876, sin que se le formase proceso. Fue libertado y pasó a Orán, primero, a Argel, después, y a Roma, más tarde. Pío IX le abrió los brazos y le bendijo efusivamente. Murió el 26 de agosto de 1879, siendo trasladadas sus cenizas a Seo de Urgel. Hace pocos años el pueblo de Vilosell, donde viera la primera luz, honró espléndidamente su memoria. Pero tal vez el mayor de los homenajes se lo tributó Ruiz Zorrilla al decir en plenas Cortes:

«Si hubiese en España diez obispos como Caixal, la Revolución no podría adelantar ni un paso.» 

ARTURO MASRIERA

dissabte, 1 d’agost del 2020

¡Visca la reacció! (poesia d'Arthur Masriera)

La riuhada s’ha endut sembrats y terres,
No queda un pam sense pedreny fangós,
Pero’l pagés treballa, aplana fanga... 
Y... ¡fa la reacció!

Lo sol d’estiu abrusa, asseca y mata,
No queda ni una flor als branquillons;
Ve la pluja d’agost, que ’ls camps refresca 
Y... ¡fa la reacció!

La neu de la abetosa gela ’ls ossos
Y devalla á les jasses lo pastor,
Y ab tions qu ’espurnejan se rebifa
Perque entra en reacció.

L’ona superba amenassant rugía,
Fins los camins desfeya y trencá ponts;
Ara amansida llunyedana ’s gronxa,
La calma es la reacció.

Si es treball y fruyt nou y aura de vida,
Si es calor y si es pau, calma y repós;
Cridém, germans contra tempesta y gebres:
—¡Que visca la reacció!



Masriera, Arthur: Tretze son tretze: fábules reaccionaries, 1904.

Arturo Masriera - Wikipedia, la enciclopedia libre
Arthur Masriera (Barcelona, 1860-1929)

dissabte, 25 de juliol del 2020

Nuestros mártires: Hno. fr. Bartolomé de la Pasión (José Olivé Vivó), carmelita descalzo y carlista

Hno. fr. Bartolomé de Jesús, de pila
José Olivé Vivó (1894-1936), mártir
Hno. fr. Bartolomé de Jesús

Compañero inseparable del P. Juan, fue en los seis últimos años de su vida, durante su estancia en Lérida, el Hermano lego Bartolomé de la Pasión. ¿Quién era este Hermano? Vamos a verlo enseguida. Nació en la villa de Plá de Cabra, de la provincia de Tarragona, el día 14 de septiembre de 1894, hijo legítimo y único de Magín Olivé Rovira y de Antonia Vivó Montagut. De pila se llamaba José; muchos le llamaban «Pep Truque», que era el apodo de su casa y otros «Pep Talaya» de su madre. Sus padres fueron muy cristianos y piadosos. No se tienen noticias de su primera niñez, pero debió tener buena instrucción primaria, porque sabía bien escribir y entendido en cuentas, que le sirvieron más tarde para el comercio que practicó con acierto.

En su adolescencia —escribe un compañero suyo— era muy animado y entusiasta en voltear las campanas de la iglesia, sobre todo en las solemnidades religiosas (...)
Durante su vida en el mundo fue un católico fervoroso y un entusiasta Requeté con los compañeros de su localidad, entre ellos era el corneta y la sonaba muy bien. Siempre acudía a los «aplechs» tradicionalistas. Su madre quería que cobrara afición con una vecina para que se casaran después —yo concurría allí por una hermana de ella con la cual me casé— pero él los ratos que allí pasaba en su compañía no eran más que para desengañarla con el fin de que tomara afición y afecto al hábito de la Virgen del Carmen y entrara a su tiempo cada uno en su claustro.

En su casa el Hermano se dedicaba al comercio de avellanas y almendras y al decir de Mossén Domingo, que lo trató mucho, era tan certero su buen juicio de comerciante que no le fallaba ninguna partida. Era muy devoto de las almas del Purgatorio; una vez —refiere dicho sacerdote— había hecho no sé que promesa de sufragios y fuese a él muy contento y desfajándose sacó del extremo monedas de a dos pesetas hasta cincuenta para otras tantas misas en sufragio de las almas del Purgatorio, y las fue poniendo una a una en manos de dicho sacerdote, muy contento y alegre. Dicho estipendio era el corriente en la diócesis.

Cuando se entró de religioso contaba ya veinticinco años de edad. Su madre se recogió en un convento de Hermanas en la ciudad de Vich, donde vivió santamente los últimos años de su vida hasta poco antes de estallar el movimiento del 36; muy resignada y conforme con la voluntad de Dios y contenta al ver a su hijo religioso.

Estando en el claustro de Tarragona nos relacionábamos —continúa el mismo compañero— explicándome sus cosas y preguntando por sus ex-amigos. Cuando ya profeso estaba en Badalona, me refería sus facecias y finalmente, al ser trasladado a Lérida, me nombró corresponsal de la revista «Lluvia de Rosas». En una de sus últimas cartas que me escribió ya me anunciaba que se acercaban días de prueba y que estuviésemos preparados.— (Salvador Pamies)

En Badalona cumplió fielmente sus deberes en la portería, en el oficio de comprar en la plaza, en la cocina y en todo cuanto le encargó la santa obediencia, siempre con el mismo carácter piadoso y alegre.

De su actividad en Lérida, cuando los Superiores le destinaron allí para ser el compañero, primero del Padre Adrián y luego del P. Juan en el trabajo de la Revista, nuestras Religiosas Carmelitas que le trataron con frecuencia y en la mayor sinceridad de hermanos, escriben:

En cuanto al Hno. Bartolomé no será fácil decir en pocas palabras los muchos ejemplos de su virtud que pudimos notar en él. Su espíritu de sacrificio y abnegación era tan grande que sabía, al par que nuestra Santa Teresita, ocultar sus cualidades e inclinaciones naturales, para hacer resaltar a los demás y esparcir buen humor y felicidad en torno suyo. Amaba en Dios muy de veras a sus hermanos y hermanas de hábito y éste era precisamente el campo de su cosecha de sacrificios y abnegaciones. Por una parte se esmeraba en complacernos, sin perdonarse nada, ya sea sacándonos de todos los apuros en que pudiéramos encontrarnos, y por otra era ingenioso en inventar mil recreaciones y piadosas sorpresas para alegrarnos las Pascuas y otras festividades, sin que por ello dejara nunca de cumplir con gran puntualidad y esmero, no sólo lo que estaba obligado por su profesión religiosa, sino mucho más por su mucho fervor. Su amor a Jesús sacramentado era tan grande que, viendo que en casa las visitas le estorbaban estarse grandes ratos con él, los domingos en que teníamos expuesto S. D. M. en nuestra iglesia, se venía a pasar la tarde arrodillado a sus pies, lo cual era para su alma la mayor de sus delicias. Sus deseos de oración y retiro eran tan notables que no pocas veces nos había asustado diciéndonos que ya no podía resistir más, y quería retirarse a algún desierto de la Orden; cosa que sentíamos en el alma, por la falta que había de hacer al P. Juan, pues era su descanso y alivio, ya para sostener la correspondencia, como para la «Lluvia de Rosas», de la cual era el alma. 
En fin, para terminar, repetiremos lo que dijo de él nuestro santo mártir, P. Lucas de San José, quién después de encomiar sus muchas virtudes, acabó con esta expresión: «Nuestro Hermano Bartolomé es una joya». No sé, si habré acertado a decir lo que V. R. deseaba. Creo que los que han vivido con él podrán decir mucho más. A nosotras, en verdad, nos tenía edificadísimas.— María T. de San Ramón. Priora.

Por el mes de agosto de 1928 el Hno. Bartolomé ya estuvo en Lérida, arreglando la casita que se compró frente al terreno, solar del Santuario de Sta. Teresita. En la planta baja, al lado de la escalera, se acomodó el local para una capillita destinada al culto público. El día 8 de septiembre de ese mismo año se dijo la primera misa para el nuevo Santuario de Santa Teresita, y el día 18 de octubre de 1942 dijo el que suscribe la última misa en esa capillita, a las siete y media de la mañana; a continuación n. m. Rdo. P. Provincial, J. Salvador de Jesús María; trasladó al Santísimo Sacramento y previa la bendición del nuevo sagrario quedó reservado. Acto seguido celebró la santa misa de comunión, con una plática preparatoria muy sentida y fervorosa y muy oportuna con gran concurrencia de fieles que casi todos comulgaron.

Como colofón a la actividad en Lérida de estos dos compañeros y fervorosos religiosos que sellaron sus vidas con la sangre de los mártires insertamos aquí este testimonio de quién los trató intimamente.

—Muy apreciado Padre: Conocí personalmente al padre Juan y al Hermano Bartolomé. Quizá mi entusiasmo y admiración por ellos me llevará a hiperbólicas alabanzas, pero intento un ligero esbozo con la mayor objetividad que me permita el apasionado recuerdo de sus personas; podría afirmar, sin temor a equivocarme, que a su preclara virtud de verdaderos santos en la tierra, unían una irresistible simpatía, destacada como uno de los mayores dones, que les permitía captarse a todos cuantos con ellos establecían relación de trato más o menos duradero.
Cuando en el aciago año de 1936 un insistente rumor me dio conocimiento de su muerte, fue ésta tan sentida que en un principio creí se trataba de «un bulo», pareciéndome imposible que hubiera habido alguien que llevase su salvajismo hasta tal extremo. Creía que aún el más perverso de los asesinos, al dirigirse a ellos, debiera haber tenido un instante siquiera de buena inspiración que le hiciese bajar el arma homicida.
El dolor experimentado, al confirmarse la noticia, fue inmenso. Murieron para los humanos, pero en el recuerdo de los que los conocimos continuarán viviendo, y en nuestras oraciones todos los días habrá un emocionado recuerdo para aquellos dos santos. 
Estoy seguro que la Santita con la bondad inagotable de su amor habrá premiado con creces los desvelos y trabajos que para su mayor gloria y veneración se impusieron. Muchas veces al venirme el recuerdo insistente de sus personas me parece que allá en la gloria eterna los dos sonríen aureolados con la palma del martirio, triunfo que les proporcionaron sus asesinos. «Mas al fin, Sta. Teresita esboza una sonrisa de amor por tener allí quienes le adoraron en la tierra y enseñaron a amarla a muchos que no la conocían. — V. Jauset.

Fueron inmolados el día 25 de julio de 1936 y luego entre innominados fueron recogidos por la Cruz Roja y llevados al Cementerio común donde reposan sus cenizas con otros veintisiete desconocidos. R. I. P. A.


Alejo de la Virgen del Carmen (Padre): "Nuestros mártires" de la Provincia de San José de Cataluña, 1944, p. 152-156

divendres, 19 de juny del 2020

Cristóbal Colón y el carlismo catalán

Cristóbal Colón, aquel gran marino cuyo descubrimiento hizo grande a España, el que permitió la evangelización de un continente, el que hizo posible el dominio de los mares de nuestra Civilización, es hoy víctima del odio sectario de los enemigos de Dios y de España, aquende y allende del mar océano.

Los mismos revolucionarios que antaño hubieran desatado su furor contra los templos, haciendo de Barcelona una gran llamarada sacrílega, no creen ya necesario hacer tal cosa —al menos de momento—, pues saben que desde los púlpitos de la mayoría de las parroquias no se oye más la voz autorizada que debería propagar la verdadera doctrina cristiana. Por eso se contentan hoy con atacar los símbolos y monumentos en que está inscrita con letras de oro la epopeya de nuestra historia española, católica y monárquica.

El monumento a Colón de Barcelona, símbolo emblemático de la ciudad, corre peligro. Podrá parecer inimaginable que la izquierda separatista logre su demolición, pero torres más altas han caído y los monumentos no se defienden solos, como hemos visto infinidad de veces.

Construido en 1888, durante la Exposición Universal de Barcelona, este bello conjunto escultórico fue obra del arquitecto y militante carlista Cayetano Buigas, combatiente por Don Carlos VII en la cruzada española de 1872-1876 y primer jefe de los Requetés de la provincia de Barcelona en el año 1919. Representa el momento en que nuestro navegante fue recibido por los Reyes Católicos en la ciudad condal tras su regreso de las Indias.

Su inauguración tuvo lugar en el marco de los actos por el IV centenario del descubrimiento de América. Precisamente el día en que se conmemoraba tan gloriosa efemérides, el 12 de octubre de 1892, el diario carlista EL CORREO ESPAÑOL publicó un número especial con la colaboración de las principales personalidades de la Causa. El entonces jefe regional de la Comunión Tradicionalista en Cataluña, Luis María de Llauder, firmaba las siguientes líneas:


¡HABLA, COLÓN! 

Y diles á este menguado siglo XIX y á esta desmedrada generación lo que fueron los siglos XV y XVI, y los hombres que hicieron de España la primera nación del mundo.

Desde lo alto del monumento que la historia y el voto de todas las generaciones te han levantado, diles que sólo pensando en Dios, pidiéndole luces y esfuerzo, amando á los hombres como hermanos, es como se acometen las grandes obras que marcan un paso de gigante en la empresa de la civilización de los pueblos.

Pídeles cuenta de tus conquistas y de los beneficios que produjo tu atrevido pensamiento; muéstrales con mirada severa el resultado de su nefasta rebelión contra Dios, y señala con el dedo los dos siglos, el de oro, en que viviste, y el de barro, en que han convertido á la España moderna borrando el nombre de Dios de la civilización actual para sustituirlo con el culto del hombre con todas sus malas pasiones...

Pero tranquilízate, ¡oh gran Colón!; la España católica que tú conociste vive todavía, aunque esclavizada por los que hoy dicen festejarte, cuando lo que buscan á la sombra de tu nombre es la ostentación, el placer y el negocio; y esta España católica volverá á ser dueña de sí misma.

Y acepta los homenajes que esos hombres funestos te dedican como tributo que á la verdad y á la virtud prestan el error y el remordimiento.

El Correo Español, 12 de octubre de 1892
(edición especial por el IV centenario del descubrimiento de América)

dimecres, 17 de juny del 2020

Caballeros del Ideal: D. Esteban Isern Serret y su hijo D. Joaquín Isern Fabra

Vivió como ferviente católico y abnegado tradicionalista... Así entregaba su alma a Dios —tal día como hoy, 17 de junio de 1930— con la serenidad de los escogidos, a los setenta y dos años de edad, nuestro entusiasta correligionario don Esteban Isern Serret.

Esteban Isern Serret (1858-1930)
Había nacido en Prullans (Lérida), enclavada en la Cerdaña española, el 10 de febrero de 1858.

A los diez años ingresó en el Seminario de Seo de Urgel, a la sazón bajo los auspicios del eximio Caixal, de tan gloriosa memoria para los Cruzados de la Tradición. Hallábase en el cuarto curso de sus estudios cuando estalló la guerra carlista en Cataluña.

Él —hijo y nieto de quienes habían luchado en la defensa de Puigcerdá contra el Ejército realista, durante la primera campaña— se abrazó con tanta fe y abnegación a la Bandera católico-monárquica que, dejándolo todo, se sumó a las fuerzas leales del Principado. Alistóse en febrero de 1872 como soldado en el primero de Lérida, siendo el más joven de su compañía, y fue destinado a la frontera con objeto de recibir a S. A. R. el Infante Don Alfonso de Borbón y de Austria-Este cuando pasó a la Península en compañía de su augusta Esposa. Incorporóse al nuevo Batallón de Zuavos y en él militó hasta que se extinguió, llegando a obtener los galones de Sargento. Cuando el general Cabrinety lanzó el ultimátum a los Infantes, intimándoles a que repasasen la frontera, si no querían ser perseguidos a muerte, nuestro biografiado les siguió por el territorio, sufriendo con ellos todo género de calamidades, hasta que la victoria de Alpens disipó las bravatas enemigas; asistió al solemne acto de la jura de los Fueros de Olot; pasó el Ebro; tomó parte en el asalto de Cuenca, y luchó en las gloriosas jornadas de Vich, de Igualada, de Manresa, de Caserras, de Castellar, de Vendrell y de otras muchas reñidas acciones.

Retirados los Infantes de Cataluña, pasó al quinto de Lérida, en cuyas filas hizo el resto de la campaña. En los días aciagos de diciembre de 1875 penetró en Andorra y emigró a Francia con algunos compañeros de aquella epopeya que puede contar las victorias por el número de sus batallas. Como dato curioso, digno de mención, apuntaremos que mientras él sostenía tan valerosamente la Causa tradicionalista, un hermano suyo defendía ideas contrarias desde las filas de los cipayos.

En Francia, vivió recluido en lugar fronterizo a fin de no ser internado, pues, al presentarse al lar hogareño, no se le quiso recibir (*); mas, al fin, vuelto a los suyos, se dedicó a la vida del agro, cuando apenas contaba diecisiete años de edad, hasta que, al cumplir la del servicio de las armas, las tomó con entereza, no sin antes rogar a su familia que no le desviase del camino que la Providencia le señalaba. Terminado el servicio, obtuvo con extraordinario aprovechamiento y calificaciones de sobresaliente los títulos de Maestro superior y normal.

Fue maestro de Ribas de Freser a los veintiséis años y dos más tarde, tras reñidas oposiciones, de Barcelona, desde donde habiéndola ganado en brillante lid, pasó a la plaza de Regente de la Escuela Práctica de la Normal de Gerona en cuya ciudad contrajo nupcias con la virtuosísima dama doña Patrocinio Fabra. Fue también Profesor del Instituto de aquella población en las asignaturas de Caligrafía y Teoría práctica de Lectura.

Más adelante pasó, mediante concurso, a la Regencia de la Escuela Normal de Burgos, en donde se captó el aprecio de las primeras autoridades de la provincia con su caballerosidad, su virtud y su amor a la enseñanza; pero el cariño a su país natal le hizo volver a Barcelona, en cuya ciudad se jubiló a principios de 1930 después de cuarenta y cinco años consagrados por entero, con vocación de apóstol, a la enseñanza, en cuyo fecundo magisterio sembró la fe y la ciencia en la mente de numerosas generaciones.

Dios probó el temple de su espíritu varonilmente religiosa, privándole en su ancianidad de la vista para que así, con los ojos del alma, viese más claramente las eternas verdades y dándole una larga y penosa enfermedad para que, soportándola con heroísmo cristiano, hiciese méritos que le conquistasen la vida que no acaba.

La suya en el mundo fue ejemplar. Dejó aureola inextinguible de su bondad, de su virtud y de su competencia entre sus discípulos que, sin excepción, le querían. No conoció enemigos y recorrió el tránsito de esta fugaz existencia predicando la verdad y difundiendo el bien.

Su hijo Joaquín Isern Fabra (1902-1988), entregado carlista al igual que su padre, fue combatiente requeté en la Cruzada de Liberación y alcalde de Parets del Vallés entre 1962 y 1966. Farmacéutico de profesión y piadoso católico, fue además autor de los libros Jesucristo, su proceso ante el sanedrín judío y el tribunal romano (1956), publicado por la Editorial Católica Española de Sevilla (vinculada a la Comunión Tradicionalista), Ponç Pilat. Governador de provincies (1974) y de la tesis doctoral Tutela por los cetros de los Reyes que fueron de la Corona de Aragón y Castilla (1985), sobre la muerte de Fernando el Católico. En sus últimos años fue también impresor, poniendo su imprenta al servicio de la Causa.

¡Dichosos los que así viven! ¡¡Bienaventurados los que mueren así!!...


(*) Para comprender bien esto, debe tenerse muy presente que su comarca nativa fue rabiosamente liberal, sobre todo su capital Puigcerdá, en donde reinaba un odio terrible al Carlismo. Así ocurrió que de toda ella sólo salieron siete voluntarios de la Causa, los cuales fueron objeto de inexplicable hostilidad al regresar a su país y aun hubo pueblo en que se les recibió a pedradas.

Tomado en su mayor parte de El Cruzado Español (4/7/1930), pp. 5-6