dimarts, 2 de març de 2021

Cartas a un preguntón: Carta sexta

por Enrique Sarradell Pascual, 1948

CARTA SEXTA 

Compendio castrense de la vida nacional. - Reminiscencias indeseables. - De cómo de lo material pasaríamos a lo espiritual. - Y que el "snobismo" no es aconsejable. 

Muy apreciado amigo: 

Valle Inclán pone en boca de uno de los personajes de «La guerra carlista. Los Cruzados de la Causa», la siguiente afirmación: 

«En la guerra, la crueldad de hoy es la clemencia de mañana. España ha sido fuerte cuando impuso una moral militar más alta que la compasión de las mujeres y de los niños. En aquel tiempo tuvimos capitanes y santos y verdugos, que es todo cuanto necesita una raza para dominar el mundo». 

Ese otro manco que no llegará a ser inmortal como el de Alcalá de Henares, porque, si eran pares en la mutilación física, eran dispares en su abolengo espiritual, arguyó así, dando vida a una concepción histórica de un tiempo de reciadumbre; sin apartarnos de la vida del destino hispano, el lenguaje seria otro, aunque la intención la misma y aún supeditada al hecho circunstancial. 

Hoy, un superviviente de la guerra de Liberación, puede decir: 

La guerra nos ahincó el derecho a la defensa. La misión del vencedor importa tanto en su aspecto físico como moral. El derecho natural coordina la mística teológica con la defensa cruenta de los principios positivamente legítimos que no sean contradictorios, en caridad y justicia; un soldado en armas y un misionero abrazado a la Cruz redentora; un ciudadano en milicia castrense y un sacerdote en milicia espiritual, son, en nuestro caso, católico y racial, en misión específica, un complemento actual en la acción de defensa de la Fe y la Hispanidad. Misión elevadísima de la catolicidad hispana en su destino ecuménico. 

Si la doctrina de la Iglesia, en última instancia, admite la justicia de la rebelión, no en un caso concreto, sino en todos los casos determinativos de la rebelión, por la misma causa de injusticia, queda completamente inadecuada la teoría liberalizante de la prudencia, procedimiento inocuo, apto sólo para prosperar la inoperancia y entregar el acervo tradicional a la trituración subversiva. 

Querido amigo, me parece que en su parte necesaria quedan contestadas tus reservas, que no son más que lamentables prejuicios de anteguerra. 

Quedan aún resabios pluriformes de aquella moral utilitaria que la política rezumaba antaño. Hemos sufrido, todos, demasiado, para no darnos cuenta de que precisamente nuestro dolor fué más agudo por el contraste de una posición política que no podía resistir —en nuestras conciencias católicas— la contradicción misma del liberalismo, por otra parte condenado por el «Syllabus» de Pio IX. 

Pío IX (1792-1878)
Nuestra madurez de luchadores se ha concatenado —y no es posible desvincularla— con la juventud católica y española que en el frente y en la retaguardia, acusó el golpe viril de la nueva España. Los viejos métodos liberales ya no pueden subsistir; un afán nuevo impulsa hoy al espíritu. Si se intenta detenerlo es un error; si torcerlo, peor. Los términos medios palidecen ante el hecho de las concreciones; vivir con dignidad o hundirse en la esclavitud del triste y rencoroso concepto materialista de la vida. 

Los juegos ideológicos no son para contumaces. El peligro de yerro es siempre inminente y si se resbala... ¡ay! del caído. 

Tú, como tantos, habías notado náuseas ante la voluble y astrada educación política de una generación que, de tanto snobismo emotivo, llegó a gozar en la morbosidad de la interpretación inversa de la vida digna. 

Tú, como tantos, percibiste el agobio asfixiante del corazón, partido, ante la genuflexión desde una prensa laica de aquellos valores que, aparentemente honesta y públicamente favorecida, callaban las reacciones patrióticas —¡si no las combatían en nombre de la ponderación, «conllevancia» que tenía más de alcahuete que de virtud prudente!— y en cambio se estremecían las rotativas y se inflaba el ditirambo para las audacias incontroladas de los apátridas y los intelectuales alimentados —sin digestión— de todos los ensayos cesionistas y comunistoides. 

¡De aquellos polvos vinieron esos lodos, mi querido amigo! 

Si el hombre, en vez de un sujeto complejo de contradicciones y de contumacias, fuese, por esa obra directa de la gracia —que nunca nos falta y que tantas veces obviamos— un ser que, por gradación ostensible y extensible, propenso a la perfección manifestada sin esperar el inescrutable misterio del trance a la vida eterna, en un arranque de gallardía humana —para la que siempre Dios nos da de la mano— plena de libertad y emulación cristiana, fuese, repetimos, un alto exponente de libertad; la inesperada, cruenta y profunda prueba de una guerra y revolución horrendas en su alcance y consecuencia, hubiesen bastado para grandes confesiones públicas como una evocación medioeval. 

¡Pero amigo! ya lo ves. A muchos, que aún les delata el sufrir, las profundas cicatrices de la guerra, sienten otra vez cosquilleos de reincidencia. ¡El hombre es el único animal que tropieza siempre con la misma piedra! 

De esta clase prometo ocuparme en otra carta, que habrás de estimar, mi querido amigo, no como requisitoria, pero sí como la expresión sincera y dolorosa de un patriota y cristiano que le duele en lo más profundo de su corazón, ver a esos grupos fatalistas, arrastrando rencores y contumacias, después de habérseles arrancado los grilletes de la depauperación y la indignidad. 

Atentamente. 

diumenge, 28 de febrer de 2021

Cartas a un preguntón: Carta quinta

por Enrique Sarradell Pascual, 1948

CARTA QUINTA 

Autobiografía, no. - Bien hayan los recuerdos de actitudes patrióticas. - El santo orgullo del deber cumplido. - Digresiones intermedias y poesía. 

Muy apreciado amigo: 

No sabía que cultivaras tan cuidadosamente el anecdotario. 

Y menos, presumía, que llegaras hasta el extremo de ahondar tanto ¡tanto! que en tu ahincamiento lograras rozar aquellas fibras adormecidas del viejo luchador. Lo que tu pretendes, ahora, es una autobiografía ¿no? 

Aclaremos. 

Eso de viejo, desde luego es en razón a la cronología de los hechos, que no a la fatal contumacia de los años, empeñados —no sabemos por qué razón—  en cabalgar unos sobre otros y, en esto, aunque sea inclinación fatalista, a la influencia de fémina, hemos de oponer un reparo, por circunstancial, muy relativo. No es que vamos haciéndonos viejos, es que a cada hoja de calendario que cae ¡tenemos un día más!; eso es todo; ¿qué pasa? 

Como que en ti sucede lo mismo —¡supongo!— me cabe el consuelo de saberme acompañado por aquellos que, sería para mi una gran desilusión, pensar, tan siquiera, tuviesen el privilegio —vedado a mí— de que pasara el tiempo y, vamos, ¡que no les pasara el tiempo! porque habían encontrado el elixir de la juventud eterna. 

Pero como de todo eso nos reímos, como nos reímos estoicamente de muchas cosas de la vida, vale más que de una vez te diga. ¡Querido! los días pasan para mi, para ti y... para todos, aunque quisiéramos detener el tiempo. 

¡El tiempo no lo detiene nadie! Aunque el recuerdo sea permanente. 

¡El recuerdo puede adormecerse!, pero tu has tenido la virtud de desvelado. 

Tus insinuaciones, tus citas, han sido, para mi espíritu, como una fuerte dosis de música wagneriana. Los primeros compases, acariciadores como brisa abrileña. Aumenta la presión evocativa y se exalta la inspiración; empieza el artilugio del pentagrama al conjuro del genio evocador. La armonía asciende hasta la majestuosa vibración ordenada y, se siente, se oye y se palpa el inicio de la tragedia; tempestades de gradaciones que sólo la música, sentimiento espiritualizado, puede convertir en matices tangibles. El espíritu cultivado en la escuela del sufrir se hace tan sensible, tan —¿cómo lo diré?— sincronizador, que el arte sublime de fundir afectos y recuerdos, equivale a una asignatura de psicología que el P. Gamelli, Rector de la Universidad Católica de Milán (Italia), no rechazara para ampliación de su «Psicología experimental». 

Como si confesaras un defecto, que en el fondo no es más que falta de arrogancia, hablas de los años precursores del Movimiento; aquellos años de nuestra juventud vivida en frenesí de lucha y de peligro por y para España. ¡No! Jamás hemos de avergonzarnos de nuestro pasado, conforme, austero y viril por añadidura. 

¡No hombre, no! todas aquellas actividades nuestras, hoy son preseas, y méritos que podemos ostentar para tejer, cara a la libertad digna y mirando fijo a los más rutilantes luceros, la banda que nos consagra «vieja guardia» o «camisas viejas» ¡cómo quieren llamarnos, ¡nos es indiferente! 

No te preocupe lo más mínimo se te discutan méritos. ¡Es humano! 

Al discutirme, a mí, bien lo sabes, siempre me estimuló. No caen los audaces, sino los pusilánimes, los que no saben de convicciones invariables. 

Tu hoja de servicios, como la mía, por y para España, es el mejor exponente de que nuestras actividades juveniles —de hace veinticinco años— estaban ya al servicio de ella y que el nuevo estilo, lo presentíamos —para infundirte perseverancia— con probada fe católica y profunda pasión patriótica, frente a «jóvenes bárbaros» primero, a indiferentismos traidores, las más de las veces y, contra el separatismo —de smoking o de blusa— siempre. Pasó lo que pasó y... pase lo que pase, no hemos de rectificar principios, a lo sumo rectificaríamos procedimientos, eso sí, porque la experiencia es maestra. 

En nuestras actividades de antaño —como un presagio— rasgos de pluma, salvas de pistola, gemidos de los primeros mártires, persecuciones, encarcelamientos, desprecios, destierros, pactos de hambre, rasguños en la carne y en el espíritu, que dejan vacíos difíciles de llenar —yo no puedo olvidar un hijo, que se dobló para siempre, como un lirio tronchado, durante la persecución republicana— pero la España eterna, en la Historia que no se escribe, lo continuó en el martirologio simbólico, del libro eterno, que Dios preserva de manos pecadoras. 

En nombre de la ciudad nativa —¡ciudad querida!— forja de mi vida inquieta— se repite en tus insinuaciones, como si quisieras aprovechar el momento psicológico, para que abra mi corazón, henchido de recuerdos, de amarguras y también de alegrías, como pulpa de fruta sobre los labios.

Te equivocas, querido, cerca o lejos de mi ciudad. Desterrado o libre en su ambiente, entiendo que, precisamente, los lazos ineludibles que me unen a ella, imponen, de momento, sordina y superación —por caridad— sobre defectos, actitudes y asistencias, contrarias a nuestra espiritualidad. 

Sabadell a principios del siglo XX
Sabadell, mi ciudad nativa —como Florencia para el Dante— es para mi una pasión. Fué cuna y es urna que contiene las cenizas mortales de mis padres. Razón suprema que me impone respeto. Por mi amor patricio —expresión reducida de España— sufrí humillación y desprecio. Pero ni yo, ni mi orgullo, valen absolutamente nada comparados con la fe y el patriotismo redivivos al par que mi rehabilitación y libertad. Caí, me levanté y volví a luchar. Así es mi temple, fuerza de tradición y espíritu. 

No puedo olvidar, mientras viva, que también es sagrario y aliento de nuestra mística pasión por España y teatro de evocadoras luchas y sacrificios. 

¡Que en su seno se forjó mi espiritualidad, incomprendida hasta 1936! ¡Lo sé, amigo! El recuerdo ha de acostumbrarnos para la acción misma. 

En estas cartas, querido amigo, lo simbólico roza tan confundiblemente con lo real, que constituyen ya el exponente de una situación espiritual insuperable. 

Ya no eres tú solo —vasto concepto de la amistad y compendio de tantas almas gemelas  supervivientes, por voluntad divina, de la razzia rojo-separatista—. De la ilusión hemos pasado al contenido expresivo humano. La leyenda se ha convertido en realidad. 

Mi fantasía de escritor creó, para expansión espiritual, un supuesto amigo preguntón y han surgido los auténticos amigos que llevan su identificación al extremo de situarse en el lugar y derecho —supuestos— del interlocutor que creara, pensando en los auténticos, precisamente. 

El subconsciente, profundo, estaba en anhelo de la ilusión en ansia de tangibilidad. 

Al llegar a mis manos las primeras expresiones verbales y epistolares, no he de rectificar nada de lo escrito al momento. Para satisfacción de ellos y mía, repito públicamente lo que particularmente es constancia —creo que a satisfacción— de un criterio rectilíneo: Ratificación

Así, pues, llevado conscientemente por el ímpetu inicial, déjame, amigo, terminar, con el propósito primero —en intención subsiguiente—. En filosofía aplicada hay muchas maneras para llegar al fin propuesto. Contando con tu aquiescencia, continúo en lo simbólico, que no es más que una apariencia de lo real. 

Atentamente.

divendres, 26 de febrer de 2021

Cartas a un preguntón: Carta cuarta

por Enrique Sarradell Pascual, 1948

CARTA CUARTA 

El derecho al alzamiento nacional. - ¿Qué debe prevalecer, el hecho o el derecho? - Doctrina que acatamos. - Teoría de la legalidad. 

Muy apreciado amigo: 

Alterando algo el orden cronológico de los acontecimientos históricos que vamos examinando, a la grave cuestión que me planteas, para que te diga algo en relación con el derecho al Alzamiento Nacional, te diré que no es tema del que yo pueda opinar con autoridad, con todo y ser un convencido de aquel derecho, tanto, que no dudé un momento, cuando hube de aprestarme a secundar el Alzamiento. 

Y si digo que carezco de autoridad para tratar, como corresponde, de aquel derecho, es porque sería imperdonable petulancia, la mía, ofrecerte razones exhaustas y ligeras de contenido, cuando sobre tan delicada cuestión, clara y terminante, se ha pronunciado el Episcopado español, autoridad indiscutible, a este respecto. 

Si el Episcopado español con las luces de la teología, de humanidades, de filosofía y derecho, ha hablado en sentido afirmativo, ¿qué quieres que te diga yo, sino plagiar toscamente lo que aquellos esclarecidos varones han sentado como doctrina clara y profunda de verdades? 

Con decirte lo que precede y remitirte a la formidable obra «El derecho a la rebelión» del Dr. A. de Castro Albarrán, canónigo Magistral de la S. I. Catedral de Salamanca, entre paréntesis lo digo (—debería ser libro de texto para toda la militancia católica española y... no española—) podría dar por terminada esta carta.

«El derecho a la rebeldía» (1933)

Te conozco, no obstante, y sé que no te darías por satisfecho. Tú que conoces mi carácter impulsivo, has querido, como vulgarmente se dice, tirarme de la lengua, pues para que no quedes decepcionado, impongo a la pluma un poco más de rasgueo y, ahí van unas cuantas líneas para tu recreo espiritual. 

La doctrina del derecho a la rebelión no es nueva, existe desde que a la sociedad organizada se le planteó la cuestión de la ilegitimación del poder, por el abuso en su ejercicio. 

La ordenación de esa doctrina como postulado católico empieza cuando la preponderancia del cristianismo influye en los pueblos civilizados. Va tomando forma de precepto para dilucidar conflictos de conciencia y razonar actitudes individuales y colectivas a cada caso de concreta aplicación. 

Deducirás por ti mismo, mi buen amigo, que los problemas de orden interpretativo, no son matices surgidos ahora, sino que ha llovido mucho desde su planteamiento. 

Demos juntos un salto en el espacio del tiempo y situémonos al anteayer —el ayer es la guerra—. 

Se ha proclamado la República en España a base de una gran mayoría monárquica. —¿Lo ignorabas?—. Contradicción se llama esta figura. Lo sé, pero ni tu ni yo podemos negar la luz del sol. 

Como la República aquella, se proclamó, ya que no con votos, por el fastidio de estar demasiado bien las clases burguesas y los intelectuales, se suscitó, inoportuna e inmediata, la eterna cuestión de la legalidad —¡reconocimiento de la legalidad constituida!— y todos aquellos sectores que creían en la República de San Vicente Ferrer, porque muchos ignoraban quien fué San Vicente Ferrer, ni sabían lo que era la República en España, instaron —no entro en compromisos ni intenciones— para que se reconociese la legalidad republicana, laica que, sólo por entonces, dejaba incendiar iglesias... 

¿Sabes como define el Cardenal Mercier el concepto de la legalidad constituida? Pues, atiende. Se trata, nada más y nada menos, de la conducta de los belgas, cuando la ocupación de Bélgica por los alemanes, durante la primera gran guerra. «¿Debemos recibir y acatar el poder ocupante, o simplemente soportarlo? ¿Debemos amarlo u odiarlo? ¿Invasor injusto en su origen, habrá llegado con el tiempo, a ser una autoridad legítima? Y, en la afirmativa ¿cómo conciliar el respeto a sus órdenes con la fidelidad a nuestro Rey? ¿Qué es lo que debe prevalecer, el hecho o el derecho? 

Balmes, en el «Protestantismo...», adoctrina: «No, no es verdadera esa doctrina degradante, esa doctrina que decide la legitimidad por el resultado de la usurpación»... Es menester repetirlo; el mero hecho no crea derecho, ni en el orden privado, ni en el público; y el día que se reconociese este principio, aquel día desaparecerían del mundo las ideas de razón y de justicia. 

En el «Fuero Juzgo» se dice: «Rey serás, si fecieres derecho». 

¿Cómo estaba España cuando advino el Alzamiento? 

¿Qué sucedió inmediatamente? (1). 

Recuérdalo tu, porque así lo recordarán muchos, y, reflexiona. 

Ni orden, ni justicia, ni dignidad, ni... elegancia espiritual. 

La Religión befada, perseguida. La economía sin tensión. El crimen elevado a la categoría de «expansión popular» (Casares Quiroga). Lo peor de cada localidad, eregido en autoridad. La enseñanza en manos de los peores enemigos de la sociedad. La prensa amordazada (112 periódicos suspendidos). Los delincuentes, por delitos comunes, amnistiados. Los patriotas en la cárcel y el destierro. El Ejército triturado (palabras de Azaña). La producción en descenso. Las huelgas crónicas. La propiedad privada interdicta. El orden público intervenido por el pistolerismo. Estado, Diputaciones y Municipios en manos de las taifas políticas. 

España gimiendo y agostándose. Los jesuitas desterrados, pero los emigrados indeseables, con las fronteras abiertas. 

Ruina, desolación, angustia («Fango, sangre, lágrimas») (Martínez Barrios). 

Bonito cuadro ¿no te parece?, como para entregar España a la administración soviética de una vez. 

Mas, la porción de España que no estaba infectada, laboraba cauta y valientemente para impedir, en gesto sublime de sacrificio entero, que no se produjese el derrumbamiento total e irremediable. 

La tradición secular española recordaba, aplicándolo a aquella hora gimiente, el precepto de la 2.ª de la Ley de Partidas «En el Rey yace la justicia, pero, cuando se torna su poder en torticero, puede revelarse el súbdito contra el Rey». 

Y así la organización civil de los Requetés Carlistas se convierte en unidades castrenses (60 Tercios) bajo mandos militares. 

Las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (J. O. N. S.) al iniciarse en Valladolid exigían en sus filas «empuje elemental, violento, coraje revolucionario para combatir violentamente a las fuerzas marxistas». 

José Antonio Primo de Rivera, en su discurso famoso de presentación de Falange, dijo: «Queremos que España recobre resueltamente el sentido universal de su cultura y su historia. Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse por la violencia no nos detengamos ante la violencia». 

Y el Ejército, el pundonoroso Ejército Español, a través de la gloriosa U. M. E. unió la vertebración española en el signo magno de la rebeldía, para salvarse y, para salvarnos. 

Así se inició la segunda reconquista. 

Que, el llorado Cardenal Primado Dr. Gomá, condensó en estas palabras: «Gesto concienzudo y heroico, de un pueblo herido en sus más vivos amores por leyes y prácticas bastardas y que suma su esfuerzo al de las armas que pueden redimirle». 

«Legis iniquae millus honor». Una ley decididamente injusta no merece respeto ni acatamiento; clama Tertuliano. 

El Dr. Pla y Deniel, hoy Primado de España, Obispo de Salamanca en 30 de Septiembre de 1936, dijo, en Pastoral magnifica: «Es para Nos clarísimo el derecho de la sociedad, no de promover arbitrarias y no justificadas sediciones, sino de derrocar un gobierno tiránico y gravemente perjudicial a la sociedad, por medios legales, si es posible, pero si no lo es, por un alzamiento armado». 

El Obispo de Oviedo, defendió esta doctrina: «qué otro sentimiento más hondo e incoercible e imperioso puede sentir una sociedad perfecta y soberana que el de reacción violenta, por la vía de las armas para recuperarla?». 

Mi querido amigo, para satisfacer tu deseo, de que escribiese cosas y cosas relacionadas con la justificación del derecho al Alzamiento Nacional, ya ves que abuso del tiempo y del espacio y aún no he pasado del exordio, aunque la primogenia debería ser suficiente para un católico. 

¿Qué no haría yo para ahincar esa doctrina en la militancia católica? ¡Emular a De Maistre y a Chateubriand, por expertos extranjeros! 

Porque ya ves, para dar satisfacción a tu curiosidad me he convertido en copista de lo que mis alcances propios no pueden ofrecer. Pero por España, la humildad exalta. 

Atentamente.


(1) Del libro Un seminario mártir (Barcelona, 1940). 

«19 de Julio de 1936. Fecha histórica. Aún recordamos todos el eco trágico del prólogo de nuestra guerra. Nuestra ciudad (Barcelona), completamente sumida en el más espantoso caos. Lucha entre hermanos, sangrienta, horrible. Odio, Cinismo, Crimen, Libertinaje. Lucha contra la Iglesia Católica, sus Ministros y contra sus hijos queridos. La ciudad presa de una espantosa hoguera. Negras y densas nubes de humo ascendían lenta y pesadamente por el espacio, ocultando el cielo con manto de muerte. Resplandores siniestros. Imagen dantesca. Sensación de infierno. Ambiente caliginoso. Hubiérase dicho que Satán dirigía personalmente, en calidad de «héroe», su gesta. 

Nuestros templos iban derrumbándose uno tras otro. Ni la piedad, ni el arte, ni la tradición, ni la cultura, nada fué respetado por la voracidad de las llamas. Gritos de alegría salvaje, blasfemias, imprecaciones de aquellos desgraciados energúmenos, coreaban los crujidos angustiosos de nuestros templos, el rumor crepitante de las llamas, y el estrépito producido al desplomarse cúpulas y techumbres. 

Rostros encendidos, embriagados; faces de gente soez, degenerada. Hombres y mujeres harapientos circulaban por nuestras calles a la caza del sacerdote, del religioso... 

Disparos de armas de fuego. Olor de pólvora. Ambulancias. Heridos, muchos heridos. Risotadas. Maldiciones. ¡El Pueblo! 

Este pueblo, ebrio de sangre, de odio feroz, de fuego, contemplaba satisfecho su obra. Gozaba. Sus ojos traslucían la alegría de su alma, viendo la gran labor destructora realizada. 

—«¡La Iglesia ha dejado de existir para siempre jamás!»— decían plenamente convencidos. 

«¡De una vez hemos acabado con Ella! ¡Lo que no pudo el Estado, lo ha conseguido el Pueblo!». 

Puños al aire; gente armada. Patrullas. Fusilamientos en masa. Tribunales revolucionarios. Pánico. Terror. Daba comienzo la persecución».

dimecres, 24 de febrer de 2021

Cartas a un preguntón: Carta tercera

por Enrique Sarradell Pascual, 1948

CARTA TERCERA 

Umbral. Ambiente durante la guerra. La fraternidad en el dolor, artífice de la unidad espiritual. Liberación física y liberación moral. 

Muy apreciado amigo: 

Es obvio te diga, que con la carta precedente hemos entrado de lleno en el examen de acontecimientos en cuanto a resultado de sí mismos. Es teoría mía, que someto desde luego a la más exigente controlación ortodoxa, combatir las ideas subversas aunque las defiendan hombres naturalmente buenos. Es difícil, pero posible, que así sea. Esa posibilidad de que un hombre bueno sostenga ideas malas, era tan corriente —y lo es— que no extraño, que un diario muy circunspecto, publicase ya en 18 de agosto de 1931, cuando la República, tan chiquitina, había demostrado que sabía andar sola, tratando de la inconciencia de determinados sectores socialmente conservadores, en relación con el marxismo, lo que vas a leer: «Porque es preciso no olvidarlo, que con dinero de elementos conservadores, algunos muy definidos como católicos, se ha hecho la labor demoledora cuyos estragos padecemos y cuyas consecuencias empezarnos a sufrir». 

«El partido socialista, hoy dominante, no ha necesitado prensa propia: nunca la ha tenido. Se la han dado los mismos burgueses a los que más tarde aquél tenía que devorar. Periódicos significativos de la plutocracia española han estado al servicio incondicional de los elementos de la revolución y el desorden». (1) 

En ese estado tan vergonzosamente lamentable, nos debatíamos en la vorágine de la revolución marxista, los que hubimos de sufrirla en la desdichada zona roja. Bien debes recordar que en la zona roja éramos muchos que no teníamos sobre nuestra conciencia, responsabilidad alguna de la catástrofe, pero, desgraciadamente los había que si, que por su situación económica, por su preponderancia social, por sus indiscutibles prestigios en todos los órdenes del saber y actividades humanas, cuando nosotros queríamos oponernos y hacer retroceder al monstruo, ellos nos zancadilleaban, e inconcientemente, limaron los hierros de la jaula donde la Bestia aullaba. 

La ola infra-humana lo invadió todo. No eran va las iglesias y conventos como antaño, hogaño fueron los Bancos, fábricas, talleres, comercios y fincas, que sufrieron el embate de la revolución. Ya no eran los curas, los frailes y las monjitas, las únicas víctimas de aquel bandidaje organizado, lo fueron también los aristócratas, los burgueses, los propietarios, los comerciantes, los productores. El terror de las revoluciones francesa y rusa fué un pálido antecedente de la revolución marxista, en sus patéticos contornos de maldad. 

Hubimos de retrotraemos a las catacumbas. Todos, todos los presuntos responsables y los que no teníamos que acusarnos de cobardes neglicencias. La revolución cumplía su destino inexorable, destruir los fundamentos raciales de España y devorar implacablemente a sus incautos domadores. 

Tienes una frase feliz, en tu carta, que recojo con unción y delicadeza extrema. 

Me dices. «¿No es verdad que era un intenso alivio pensar en la Liberación en las horas acogotantes del terror rojo?» Sí que es verdad, amigo, y lo es tanto, que deberíamos imponernos como punto de meditación, para examinar nuestra conducta patriótica de cada hora, aquellos pasajes de nuestro vivir, intensamente dramático, en la zona roja.

Ante todo y como recuerdo perenne, por su presencia espiritual entre nosotros, una oración para los inmolados por Dios y por España; su sangre, su martirio, su sacrificio total no fueron estériles, lavaron culpas, fortalecieron virtudes y rindieron a la Divina Justicia el haz de la Cruzada, con el guión de la Victoria de la Religión y de España, para que seamos dignos de ellas. 

Párate un momento, descúbrete y reza. Que yo lo hago también. 

Por ese, casi indefinido, acto de atracción que tiene la comunidad en el dolor, todas las víctimas de la persecución roja nos fundimos en una única esperanza de libertad. Borráronse diferencias sociales. Desaparecieron, espontánea y libremente, ideologías dispares, para sentir, una, una sola, ¡España! Que significaba todo lo que la España Nacional encarnaba. Religión, Justicia, Orden, Imperio. El Ejército Nacional, era nuestro Ejército. El Caudillo, nuestro Caudillo. Sus victorias, eran nuestras victorias. Los himnos, la Bandera, el saludo viril, eran nuestros himnos, nuestra Bandera, nuestro saludo. ¡Cuántas lágrimas furtivas, junto a las radios que nos alentaban, que inyectaban fortaleza al decaimiento, y enfervorizaban en la esperanza! En la tarea éramos todos unos. Cárceles, checas y escondrijos formaban un inmenso altar a la Patria. Los pechos, el sagrario patriótico que no podían franquear nuestros  verdugos.

Cuando la suerte acompañaba a los que podían huir del terror, impelía a las juventudes un deber, que rarísimas veces se omitía. Nutrir Banderas de Falange y Tercios de Requetés que, en la santa hermandad de la guerra liberadora, luchaban, codo a codo contra los enemigos de Dios y de España. 

Requetés desfilando en la plaza del Castillo
de Pamplona (1937)
Y mientras el Ejército español, bajo la égida del Caudillo providencial, reconquistaba palmo a palmo la tierra sojuzgada, y sangre y más sangre de héroes, hacía intenso el rojo de la Bandera, y los pueblos se liberaban y las multitudes incorporadas a España ensanchaban la victoria, nosotros, aquí, rezábamos y pedíamos a Dios la pronta liberación, para romper las cadenas, para recobrar la libertad, para dejar andrajos y miserias, recibir las caricias del sol y el aire puro. Sentíamos hambre de dignidad, teníamos sed de libertar nuestros pechos que anhelantes añoraban muchas cosas que la Liberación nos ofrecía y nos dió. 

Así vivíamos en plena guerra. El santo ambiente religioso y patriótico, era alimento moral de nuestras almas. Nos prometíamos perseverar en lo justamente perseverable. Nos prometíamos no reincidir en pecados de inconciencia. Nos prometíamos ¡mucho! en aquellas horas que el peligro constante y el dolor permanente, nos predisponía a los grandes gestos de bondad y de sacrificio; serena el alma y limpio el corazón.

Me parece que el cuadro te es conocido. Mis colores son débiles y mi pincel torpe; convendrás, empero, conmigo, que el parecido es bastante descriptivo para poder identificarle correctamente. 

Atentamente.


(1) «El Debate», de Madrid.

dilluns, 22 de febrer de 2021

Cartas a un preguntón: Carta segunda

por Enrique Sarradell Pascual, 1948

CARTA SEGUNDA 

Ambiente de anteguerra. La historia que no contaba. La entrega de todo por... el caos. Unidad de acción y destino. 

Muy apreciado amigo: 

Concedo. Eres un memorioso. Haces desfilar, despertando mi recuerdo, hechos y actitudes que a estas alturas consideramos, los dos, más lamentables que entonces. Hay hechos y actitudes que no pueden diluirse con el tiempo por una razón que comprenderás. Hay hechos y actitudes en los hombres y en las colectividades que se relacionan inmediatamente con la historia, por eso son permanentes los efectos. 

Con ser el factor determinante —en última instancia— en el gran proceso de la deshonra de España, el comunismo, no es el único responsable de la tragedia que hemos sufrido y superado. El comunismo marxista, no fue más que la aplicación del producto científico del Komintern a un pueblo desgajado, descompuesto por anteriores sistemas de corrosión política, social y espiritual. 

Veo que caes en el desliz de situar como punto de partida de nuestras desdichas nacionales, el advenimiento de la República. Esta, no hizo más que levantar la compuerta para que el poso social, el arribismo político y las fuerzas ocultas de la antipatria, se precipitaran sobre los restos del patriotismo espiritual y, como la manzana podrida contaminase casi todo el cuerpo social de la nación. 

Desde el descenso del Imperio español con el ocaso de los Austrias hasta la España rota que hacía vibrar de indignación el protomártir Calvo Sotelo, si repasas tus nociones de Historia recordarás los mojones negros que marcan el camino de la decadencia. Guerra de la Independencia, filtración del enciclopedismo francés. Cortes de Cádiz, acentuación del liberalismo doctrinario. Secesión de América española. Revolución de 1835. Guerras civiles, yugulación de la Santa rebeldía nacional. Primera República. Restauración. Tratado de París, arrancando de cuajo el último florón colombino de España. Y, de tumbo en tumbo, hasta el infausto 14 de Abril de 1931 que constituyó el proemio para intentar el definitivo hundimiento de España.

Proclamación de la Segunda República en 1931

Tu lo sabes igual que yo. En determinados climas en que nos asfixiábamos lentamente, se negaba la continuidad de la Historia de España o se la desfiguraba para condenar toda apetencia de libertad y prestigio secular. La gran conspiración antiespañola cautivó muchos sectores que hoy han de aprender historia para capacitarse en el destino de liberación que nos incumbe a todos. 

Precisamente ese desconocimiento o negación de la Historia de España, contribuyó al estado comatoso en que vivíamos antes del glorioso 18 de julio de 1936. 

Aquel incongruente «el pensamiento no delinque», defendido por un hombre digno de mejor elevación en la antología del pensamiento político de los últimos cincuenta años, podría constituir la fase crucial de una gran parte de la sociedad española que, sin soltar enunciados de principios políticos, propensos a derivar la fatalidad de la catástrofe, se empeñaron en crearse un acomodo ideológico, aunque se resintiera el auténtico espíritu patriótico y renunciaron a toda posible solución, porque la renuncia la impuso, como condición previa, la antipatria, solapada y artera, bajo el signo de un intelectualismo muy culto pero carente de sana ortodoxia española. 

El liberalismo, ese gran cómitre de la sociedad civilizada, fué socavando las raíces de todo lo espiritual y racial arraigado en el alma española. En lo económico, cultural, social y político, cayó la sociedad española en el cauto engaño de la democracia inorgánica. 

Hombres y partidos atraídos por la fraseología y belleza de las figuras retóricas, encontrábanse atados en el espejismo de una propaganda prometedora que era, en definitiva, el telón que ocultaba las fuerzas siniestras del comunismo marxista. 

La logia y el capitalismo judío, de consuno, procuraban, bien diestramente, conducir hombres y partidos con banderas de conservadurismo social. 

Y aquellos núcleos de inconformistas que amaban a España por encima de todo y que creían en Dios, —sin imponerle condiciones—, mantenían, no obstante, el fuego sacro que iluminó al mundo con el estruendo de las armas, por la Santa Liberación. 

Que no se te olvide, mi buen amigo. En el ambiente de anteguerra existía un complejo espiritual más doloroso aún para la secular tradición de nuestro pueblo. 

Es aquel que Luis Antonio de Vega, resalta en su «Agonía de las taifas» —«No es únicamente el marxismo quien os combate. Existen otros enemigos que se hallan tan lejos de la logia y tan próximos a Roma como vosotros mismos podáis estarlo». 

Cruel y cáustica verdad. Tú no lo ignoras, como no me acontece a mí por experiencia dolorosa. 

Era así y Dios permita ahora, que España prosiguiendo las rutas de su destino imperial, secular, como exponente de su vitalidad consagrada en el sacrificio, reemprenda su matriarcal misión de unidad histórica y cumpla el destino que Antonio Ferro propugna en su ansia de fraternidad luso-hispana. «Poblar de cruces los desiertos y de teología ortodoxa las cabezas». Signo magno de la catolicidad y destino de la España imperial y eterna. 

Ya sé que en aquel ambiente, que tanto mal produjo, «era difícil, pero posible, cierta dosis de buena fe y, en algunos casos, de patriotismo sincero y vehemente, aunque este patriotismo se hallase pésimamente encauzado». 

Date cuenta y estímalo en su justo significa do de sincera caridad cristiana, que omito, en absoluto, derivar a primer plano, todo cuanto personalmente me atañe, de lo vivido y padecido en el ambiente emponzoñado de anteguerra. Si no olvido, porque es difícil, perdono, que es más fácil y digo con Marquina: 

            Nada para mi,
        nada para vos,
        todo para España,
        y ella, para Dios. 

Atentamente.