dilluns, 22 de febrer de 2021

Cartas a un preguntón: Carta segunda

por Enrique Sarradell Pascual, 1948

CARTA SEGUNDA 

Ambiente de anteguerra. La historia que no contaba. La entrega de todo por... el caos. Unidad de acción y destino. 

Muy apreciado amigo: 

Concedo. Eres un memorioso. Haces desfilar, despertando mi recuerdo, hechos y actitudes que a estas alturas consideramos, los dos, más lamentables que entonces. Hay hechos y actitudes que no pueden diluirse con el tiempo por una razón que comprenderás. Hay hechos y actitudes en los hombres y en las colectividades que se relacionan inmediatamente con la historia, por eso son permanentes los efectos. 

Con ser el factor determinante —en última instancia— en el gran proceso de la deshonra de España, el comunismo, no es el único responsable de la tragedia que hemos sufrido y superado. El comunismo marxista, no fue más que la aplicación del producto científico del Komintern a un pueblo desgajado, descompuesto por anteriores sistemas de corrosión política, social y espiritual. 

Veo que caes en el desliz de situar como punto de partida de nuestras desdichas nacionales, el advenimiento de la República. Esta, no hizo más que levantar la compuerta para que el poso social, el arribismo político y las fuerzas ocultas de la antipatria, se precipitaran sobre los restos del patriotismo espiritual y, como la manzana podrida contaminase casi todo el cuerpo social de la nación. 

Desde el descenso del Imperio español con el ocaso de los Austrias hasta la España rota que hacía vibrar de indignación el protomártir Calvo Sotelo, si repasas tus nociones de Historia recordarás los mojones negros que marcan el camino de la decadencia. Guerra de la Independencia, filtración del enciclopedismo francés. Cortes de Cádiz, acentuación del liberalismo doctrinario. Secesión de América española. Revolución de 1835. Guerras civiles, yugulación de la Santa rebeldía nacional. Primera República. Restauración. Tratado de París, arrancando de cuajo el último florón colombino de España. Y, de tumbo en tumbo, hasta el infausto 14 de Abril de 1931 que constituyó el proemio para intentar el definitivo hundimiento de España.

Proclamación de la Segunda República en 1931

Tu lo sabes igual que yo. En determinados climas en que nos asfixiábamos lentamente, se negaba la continuidad de la Historia de España o se la desfiguraba para condenar toda apetencia de libertad y prestigio secular. La gran conspiración antiespañola cautivó muchos sectores que hoy han de aprender historia para capacitarse en el destino de liberación que nos incumbe a todos. 

Precisamente ese desconocimiento o negación de la Historia de España, contribuyó al estado comatoso en que vivíamos antes del glorioso 18 de julio de 1936. 

Aquel incongruente «el pensamiento no delinque», defendido por un hombre digno de mejor elevación en la antología del pensamiento político de los últimos cincuenta años, podría constituir la fase crucial de una gran parte de la sociedad española que, sin soltar enunciados de principios políticos, propensos a derivar la fatalidad de la catástrofe, se empeñaron en crearse un acomodo ideológico, aunque se resintiera el auténtico espíritu patriótico y renunciaron a toda posible solución, porque la renuncia la impuso, como condición previa, la antipatria, solapada y artera, bajo el signo de un intelectualismo muy culto pero carente de sana ortodoxia española. 

El liberalismo, ese gran cómitre de la sociedad civilizada, fué socavando las raíces de todo lo espiritual y racial arraigado en el alma española. En lo económico, cultural, social y político, cayó la sociedad española en el cauto engaño de la democracia inorgánica. 

Hombres y partidos atraídos por la fraseología y belleza de las figuras retóricas, encontrábanse atados en el espejismo de una propaganda prometedora que era, en definitiva, el telón que ocultaba las fuerzas siniestras del comunismo marxista. 

La logia y el capitalismo judío, de consuno, procuraban, bien diestramente, conducir hombres y partidos con banderas de conservadurismo social. 

Y aquellos núcleos de inconformistas que amaban a España por encima de todo y que creían en Dios, —sin imponerle condiciones—, mantenían, no obstante, el fuego sacro que iluminó al mundo con el estruendo de las armas, por la Santa Liberación. 

Que no se te olvide, mi buen amigo. En el ambiente de anteguerra existía un complejo espiritual más doloroso aún para la secular tradición de nuestro pueblo. 

Es aquel que Luis Antonio de Vega, resalta en su «Agonía de las taifas» —«No es únicamente el marxismo quien os combate. Existen otros enemigos que se hallan tan lejos de la logia y tan próximos a Roma como vosotros mismos podáis estarlo». 

Cruel y cáustica verdad. Tú no lo ignoras, como no me acontece a mí por experiencia dolorosa. 

Era así y Dios permita ahora, que España prosiguiendo las rutas de su destino imperial, secular, como exponente de su vitalidad consagrada en el sacrificio, reemprenda su matriarcal misión de unidad histórica y cumpla el destino que Antonio Ferro propugna en su ansia de fraternidad luso-hispana. «Poblar de cruces los desiertos y de teología ortodoxa las cabezas». Signo magno de la catolicidad y destino de la España imperial y eterna. 

Ya sé que en aquel ambiente, que tanto mal produjo, «era difícil, pero posible, cierta dosis de buena fe y, en algunos casos, de patriotismo sincero y vehemente, aunque este patriotismo se hallase pésimamente encauzado». 

Date cuenta y estímalo en su justo significa do de sincera caridad cristiana, que omito, en absoluto, derivar a primer plano, todo cuanto personalmente me atañe, de lo vivido y padecido en el ambiente emponzoñado de anteguerra. Si no olvido, porque es difícil, perdono, que es más fácil y digo con Marquina: 

            Nada para mi,
        nada para vos,
        todo para España,
        y ella, para Dios. 

Atentamente.

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