dijous, 15 de juny de 2017

La reconciliación entre carlistas e integristas y la unión de los católicos en Cataluña (1906)

En el año de 1906 los liberales decretaron la primera persecución contra la Iglesia en el siglo XX. El 5 de julio había caído el presidente del Consejo de ministros, Segismundo Moret, quien ya había hablado de reformar la Constitución de 1876 en su artículo 11 para convertir la tolerancia en libertad de cultos, lo que suponía un ataque contra la Iglesia, que defendía la unidad católica de España. Le sucedió el general José López Domínguez, cuyo ministerio lo primero que hizo fue alardear de «liberal», de «muy liberal», que en boca de esa gente significaba lo mismo que «anticatólico».

El ministro de Instrucción Pública, Amalio Gimeno, llegó a amenazar al señor Obispo de Córdoba por una sinagoga que el ministro recababa para sí; y el conde de Romanones, ministro de la Gobernación, se metió a legislar en los Seminarios y a darle a los Obispos instrucciones para que arreglasen según la mente romanonesca la carrera eclesiástica. Comenzaron a hablar de secularizar los cementerios y de apretar los tornillos a la enseñanza religiosa o «congregacionista», según su jerga. Moret, Canaleja, Romanones y demás prohombres del Partido Liberal combatían por ver quien era más anticlerical y «demócrata».

El conde de Romanones

El 27 de agosto Romanones sacó su Real Orden sobre el matrimonio, que desvirtuaba el Código civil, que prescribía como única forma de matrimonio entre católicos el canónico, y derogaba la circular de Vadillo sobre el matrimonio civil, en la cual se exigía a los que pretendían contraer matrimonio civil una declaración formal de que no profesaban el catolicismo. Alfonso (XIII) firmó el anticatólico decreto. Una amarga oleada de justa indignación inundó España y el espíritu de protesta conmovió los corazones católicos. Los Prelados fueron los primeros en contestar, especialmente el señor Obispo de Tuy, que en su circular del 1 de septiembre se opuso con apostólica firmeza a la Real Orden, por lo que fue blanco de las iras y las diatribas de la prensa izquierdista.

Pero el mayor ataque a la Iglesia fue el proyecto de ley de Asociaciones del ministro de la Gobernación, Bernabé Dávila. Enmascarada con mendaces pretextos y disposiciones, su verdadero fin era perseguir y suprimir a las Asociaciones católicas y a las Órdenes religiosas. Muchos católicos se forjaron la ilusión de que el usurpador Alfonso (XIII) jamás autorizaría su lectura. ¡Ilusión vana! El jefe de Estado firmaba el 25 de octubre el decreto autorizando al ministro de Gobernación la lectura en el Congreso del citado proyecto.

Debido a la férrea oposición católica, finalmente la ley de Asociaciones quedó sepultada, el Partido Liberal quedaba destrozado y el conservador Antonio Maura ascendía a la presidencia del gobierno, siendo derogada poco después la Real Orden de Romanones sobre el matrimonio por el marqués de Figueroa, ministro de Gracia y Justicia. El sectarismo de los liberales con el beneplácito del monarca usurpador había tenido además un efecto adverso para los fines anticlericales, pues logró unir a los católicos contra el gobierno, desapareciendo el enfrentamiento entre carlistas e integristas que había producido la separación de Ramón Nocedal de las filas legitimistas en 1888.

El 23 de diciembre de 1906 tuvieron lugar en Cataluña los numerosos y entusiastas mítines de San Andrés de Palomar, Cervera, Badalona y Vich. En esta última ciudad vibró una simpática nota de unión. Copiamos algunos párrafos interesantísimos de El Norte catalán, periódico católico de Vich:

Dr. José Torras y Bages, obispo de Vich.

«Terminado el acto del mitin, la Junta organizadora se dirigió al palacio episcopal para hacer entrega al reverendísimo Prelado de las conclusiones aprobadas. La inmensa mayoría de los concurrentes al acto acompañó á la comisión, estacionándose en las escaleras y patio del palacio. Con sumo agrado y paternal benevolencia acogió el ilustrísimo señor Obispo á los individuos de la comisión y á los oradores, aceptando con mucho gusto el encargo de telegrafiar á la Santidad de nuestro Padre el Papa Pío X.  
Luego, al saber el Ilmo. Sr. Dr. Torras y Bages que una multitud inmensa, á pesar de la lluvia, aguardaba al pie de su palacio, mostró deseos de dirigirle la palabra, y acompañado del Vicario general, Canónigo Sr. Corbella, secretario de Cámara, individuos de la comisión y oradores, se asomó al balcón principal, y en un discurso dió las gracias á todos por haber sabido cumplir con su deber de cristianos confesando públicamente á Cristo y con su deber de ciudadanos protestando contra las leyes atentatorias de nuestra santa fe. Al terminar nuestro venerable Pastor fué ovacionado por la multitud.  
Acto seguido la comisión organizadora se dirigió á las Casas Consistoriales para hacer entrega al excelentísimo señor alcalde de otro ejemplar de las conclusiones, á fin de que, por su conducto, fuesen transmitidas al Gobierno, pero no pudo cumplir su cometido por haber encontrado cerradas las puertas de la alcaldía.  
Al salir de las Casas Consistoriales la comisión organizadora, obsequió á los oradores con un espléndido banquete, que fué servido en la fonda de Colón.  
Unos veinte comensales se sentaron á la mesa, reinando durante la comida una franca cordialidad entre carlistas, integristas y catalanistas, cordialidad, que se acentuó y afianzó al pronunciarse los brindis, como vamos á ver.  
Iniciólos el director de El Correo Catalán, D. Miguel Junyent, y como quiera que aludiese en su elocuente brindis al partido integrista, levantóse, al terminar, el presidente de la Junta local de dicho partido y miembro de la provincial, D. Mariano de Rocafiguera, quien dijo en substancia estas palabras:  
«No he brindado jamás. No soy orador ni lo he sido nunca; la elocuencia y el bien decir han andado siempre lejos de mí; pero, obligado por las circunstancias (y bendigo á Dios que las ha deparado), no puedo, como representante del partido integrista, dejar de contestar al expresivo é intencionado brindis de mi caro amigo el Sr. Junyent; y lo hago con vivísima satisfacción de mi alma, porque se me ofrece una ocasión propicia para contribuir al logro de mi ideal de siempre, ocasión que sería para mí un cargo de conciencia desaprovechar.   
Diré dos palabras no más. ¡Quiera Dios que valgan por un discurso elocuente!  
Brindo para que el abrazo estrechísimo, afectuoso y sincero que se dieron en Tafalla, ante una multitud inmensa, los paladines del catolicismo Sres. Mella y Nocedal, sea imitado por todos los católicos españoles. Y no he de decir más.»  

Mariano de Rocafiguera
Foto de La Hormiga de Oro (7/6/1919)


Y luego, uniendo la acción á la palabra, levantáronse los Sres. Junyent y Rocafiguera y se dieron un abrazo sincero, afectuoso, estrechísimo; trasunto de aquel otro abrazo que unió á los católicos navarros, y que, como aquél, quiera Dios que una á los católicos catalanes.  
Pero no paró aquí la obra de la unión de los católicos vicenses. Alguien lanzó la idea de ir á tomar café en el Centro carlista, y aceptada al momento por todos, trasladáronse inmediatamente al expresado Centro.   
Mas, dejemos que nos cuente ese hermoso detalle El Correo Catalán, pues sus palabras, que hacemos nuestras, son de oro, y además prueban que nuestro colega abunda en los mismos sentimientos, lo cual no hay que ponderar cuanto nos satisface.   
Dice así nuestro compañero de Barcelona:   
«Una vez allí, el Sr. Junyent, á instancias de los numerosos concurrentes que llenaban por completo el local, y habían recibido con una salva de aplausos, vivas y aclamaciones á los oradores y delegados de las entidades católicas, hizo uso de la palabra, pronunciando un magnífico discurso abogando por la verdadera unión de los elementos católicos, al que contestaron los representantes de los integristas y de los regionalistas católicos abundando en la misma idea y terminando con un fraternal abrazo que se dieron el presidente del Círculo tradicionalista Sr. Vilaró, y los representantes de las otras fracciones aludidas, quedando de este modo sellada la unión entre los católicos vicenses.   
Luego se dirigieron á la Juventud católica y á Catalunya Vella, en donde fueron recibidos con mucha amabilidad por las respectivas juntas, reproduciéndose las pruebas de solidaridad católica.» 


Multitudinaria manifestación católica en la plaza de toros de las Arenas (Barcelona)
contra la anticatólica la Ley de Asociaciones, que contó con la presencia como
orador del diputado carlista Juan Vázquez de Mella.
Fotografía tomada de La Hormiga de Oro (26/1/1907)

Véase La voluntad nacional frente del jacobinismo afrancesado de Romanones y Canalejas (P. Antonio Viladevall, 1907), pp. 186-189.

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