dissabte, 10 de novembre de 2018

Así entró Carlos VII en España por primera vez, en 1869

Don Carlos (grabado de 1869)
Son curiosos y completan lo que manifestamos en el capítulo XLIV, pág. 510, los siguientes párrafos de una memoria inédita del marqués de Benaven. Después de ocuparse de la frustrada o simulada conspiración de Figueras y de Barcelona, que hacía inútil el viaje de D. Carlos a la frontera, cuya contrariedad sintió el señor, que deseaba pisar tierra española, y al ver que le disuadían de ello y le pintaban los peligros, dijo resueltamente:


«Quiero ir a España; os lo mando», dice:—En vista de tan firme resolución se constituyeron aquella noche en junta el general Tristany, el Dr. Vicente, Vallecerrato y Benaven; deliberaron a la vista del mapa, señalóse el punto, asumiendo juntos la responsabilidad de la empresa y derramar hasta la última gota desangre en defensa de S. M.  
Salió la comitiva real de la montaña Canigó y casa nombrada Lallan, donde estuvo parte de tres días, en cuya casa quiso el rey consignar un recuerdo antes de su salida, dejando oculto dentro de un libro que había sobre la mesa de su cuarto, su nombre, manifestando que en aquella fecha había pernoctado en aquel cuarto el rey de España.


Refiere la ida a los baños de Ameli, establecimiento de Monsieur Puyades, quedando en Lallan enfermo el Dr. Vicente, llegando indispuestos por el mucho calor Tristany y Vallecerrato, y mostrando D. Carlos su gran vigor y excelente naturaleza, pues ni se resintió de la jornada a pie, ni dejó de bañarse en el rio Tech; que se aprestó todo para ir al día siguiente a España, hacia donde marcharon en la mañana del 11 de julio de 1869, hospedándose en la pobre rectoría de Montalba, en cuyo pueblo oyeron misa por ser día festivo, y continúa:


Durante la misa no dejó la comitiva de llamar la atención de aquellos honrados labriegos; pero sobre todo, debió de ser grande la sorpresa del sacristán que, como de costumbre, pidió por las almas del purgatorio, al ver caer en el platillo una moneda de 20 francos que el señor había soltado, queriendo el sacristán devolvérsela por creer la había dado por un sueldo.  
El pobre cura al salir de la iglesia se desharía en obsequios que, por el tan elevado rasgo de caridad del rey, sospechaba el cura que debía ser alguna persona muy distinguida. Aprovechando esta ocasión pidióle el marqués un guía, invitándole a la romería; ofrecióse el rector a serlo; mostró el rey deseos de adquirir el gorro del sacristán que por ser domingo era nuevo, y le había chocado al señor, teniendo mayor empeño cuando supo que era un gorro catalán, a lo que se resistía el buen sacristán por costarle dos pesetas, mas al ver que se le daban dos duros, lo soltó con la mayor ligereza. 
Massanet de Cabrenys, primer pueblo español que visitó Don Carlos
Para demostrar el rey sus simpatías por los catalanes, se puso el gorro del sacristán, y con la faja de seda del marqués de Benaven que usa para sujetarse el pantalón y ceñirse el cuerpo, parecía el señor un voluntario catalán.   
La expedición emprendió, pues, su marcha a eso de las nueve, compuesta del rey, Tristany, Vallecerrato, Benaven, cura de Montalba y el mozo de Ameli con las caballerías, teniendo que andar casi siempre a pie por ser el terreno sumamente escabroso. 
Durante este camino, impresionado el rey preguntaba a cada momento si se llegaba a territorio español; cada minuto le parecía un siglo. Por fin llegó el instante deseado a las doce del día, y diciendo el cura, allí está España, señalando a unos 40 pasos, echó a correr el señor con la mayor velocidad, y todos tras él; y parándose de repente en su territorio, y desde donde se descubría un magnífico e impresionable panorama, tira al aire con toda su fuerza el gorro catalán para saludar a sus queridos catalanes, dando un grito aterrador de ¡viva España! sobre cuyo suelo se postró de rodillas besándolo como si lo hiciera con una reliquia la más sagrada. A su grito de ¡viva España! contestaron todos con el de ¡viva el rey D. Carlos VII! y aquí fue la escena conmovedora con el cura de Montalba, guía de la expedición, que apercibiéndose de que había tenido el honor de acompañar al rey de España D. Carlos VII, se postró de rodillas bañando con lágrimas de gozo las manos de S. M., del cual no sabia desasirse, y diciendo que Dios le había concedido la mayor dicha que podía esperar.
Desde este punto contemplaba el rey impresionado centenares de pueblos y caseríos españoles, teniendo a la vista el famoso castillo de Figueras y la muy liberal villa de Maconet (*), donde residía el famoso comandante Roge, caudillo republicano de toda aquella comarca, en la cual para mayor burla suya pudo el rey hacer su entrada. 
Allí comieron todos con la mayor alegría y tranquilidad bajo unas pequeñas encinas, donde por cierto debería levantarse un monumento conmemorativo en cuanto el rey esté en posesión de sus dominios. Concluida la comida, en la que hubo brindis, el rey saludó a su querida España, de la que con tanto sentimiento se despedía, disparando los seis tiros de su revolver, contestando con los suyos Tristany, Benaven y Vallecerrato. 
Levantóse acta de aquel suceso, firmándole sobre una roca que servia de mesa, y los nombramientos de comandante para D. Alfonso, que servia en Roma, de ayudantes de campo y de órdenes, para Tristany, Vallecerrato y Benaven, y de mariscal de campo para Plandolit. Antes de salir de España recogió el rey una porción de piedrecilas de mármol y plantas silvestres, en las que veía una preciosidad y un tesoro por ser de su querida España, y se llevó multitud de margaritas para la reina. Regresaron a los baños de Ameli, donde se despidió el buen cura de Montalba, a quien el rey dio mil francos para los pobres, y en Ameli, al pasar la comitiva cerca de un grupo de bañistas, fija uno de ellos, catalán, la vista en S. M., y aunque sólo conocía su retrato, se postró de rodillas, bañándole las manos en lágrimas. 
Por la noche regresó a París.

Historia contemporánea : anales desde 1843 hasta la conclusión de la actual guerra civil, vol. VI (Antonio Pirala, 1880)

* Debe referirse a la villa de Massanet de Cabrenys.
(La negrita es nuestra.)

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