dissabte, 11 de maig de 2019

El Obispo de Daulia, misionero en Australia y defensor del Carlismo

Tal día como hoy, 11 de mayo del año 1810, nacía en Mataró D. José María Benito Serra y Juliá, futuro obispo de Daulia.

La Comunión Tradicionalista se honró contándole entre sus más entusiastas y decididos afiliados, encontrando siempre sus partidarios un sabio consejo y palabras de alentamiento en el inolvidable Obispo de Daulia, en quien concurría también una circunstancia gratísima y de feliz recordación para todos los buenos jaimistas: el fue quien administró las Santas Aguas del bautismo a Don Jaime de Borbón.

Cuando en 1880 Alejandro Pidal quiso integrar a los carlistas en el régimen alfonsino mediante su proyecto de «Unión Católica», al que se oponía ferozmente El Siglo Futuro, el obispo de Daulia se pronunció a favor de las tesis siglofuturistas en una una carta al conde de Orgaz el 29 de enero de 1881, mientras buena parte del episcopado español se mostraban partidarios del proyecto pidalino. El apoyo que prestaron el obispo de Daulia y Mateos Gago a Nocedal sería determinante para que éste continuase editando su periódico, que se había planteado cerrar.

Poco después de fallecer Alfonso (XII), en casa del marqués del Busto, en Madrid, el obispo de Daulia recibió la visita de unos carlistas interesados por conocer si sería posible y oportuno combatir con las armas a la regencia de María Cristina, ante lo cual el anciano obispo se mostró animoso y les bendijo.

Reproducimos a continuación una biografía suya que fue publicada al morir este venerable obispo y leal carlista.



Biografía del Excmo. e Ilmo. Fr. D. José María Benito Serra

Este venerable Prelado nació el 11 de Mayo de 1810, en Mataró, donde para sustraerse de los desastres de la guerra de la Independencia que asolaba al país, se habían refugiado sus padres, habitantes ordinariamente en Barcelona. Concluida la guerra, volvieron a esta ciudad.

Apenas llegado a los diez años de edad, ya acababa los estudios de latinidad, y al mismo tiempo que se dedicaba a los de humanidades, fue obligado por sus maestros á convertirse en profesor de otros niños menos adelantados que él.

La vocación para el estado religioso se manifestó desde sus primeros años, pero las novedades políticas que agitaron a esta nación y la persecución suscitada contra los regulares, no le permitieron hasta en 1827 tomar el hábito de benedictino en el monasterio de San Martin de Compostela. La revolución había estallado de nuevo en España y un decreto del gobierno ordenó la clausura de todas las casas religiosas y su supresión. Dispuesto a todo sacrificio, incluso el de su vida, antes que faltar a sus votos, el Padre Serra abandonó España en diciembre del mismo año, y fue a buscar un asilo en el monasterio de la Cava en el reino de Nápoles, donde se entregó completamente a los estudios literarios. Habiéndole conferido el Capítulo de la Congregación de Monte Casino el título de Lector, enseñó durante varios años la teología dogmática y la moral, el derecho canónico, las lenguas griega y hebrea, y fue Rector del Seminario Conciliar hasta que, deseoso de emprender mayores trabajos para la gloria de Dios, se agregó en 1845 a la Congregación de la Propaganda, que le envió a evangelizar a los habitantes, poco menos que salvajes, de la Australia occidental.

Monseñor Juan Brady, Obispo de Perth, le nombró Vicario general y Prefecto de la Misión Central, y el Padre Serra, seguido tan solo de cuatro compañeros, se internó en los inmensos bosques del país, y a ejemplo de los Apóstoles, fundó con sus propias manos, a cien millas de la ciudad de Perth, un monasterio benedictino que denominó la Nueva Nurcia, en recuerdo de la patria del santo fundador de la Orden. Este monasterio adquirió pronto una importancia considerable, así por la extensión y grandeza de sus edificios, como por la numerosa familia benedictina que fue a refugiarse en sus claustros y a cultivar con el sudor de su frente las tierras inmensas que le rodeaban. La Propaganda Fide erigió en 1859 esta fundación en Prefectura Apostólica, confiando su administración al ilustrísimo Sr. D. Rosendo Salvado, Obispo ahora de Puerto-Victoria. Al principio de 1848 el Obispo de Perth celebró un Sínodo diocesano y quiso que el Padre Serra, su Vicario general, llevara los decretos a Roma. Él debía además exponer las necesidades de esta Iglesia naciente, a los Eminentísimos Cardenales de Propaganda, y elevarlas al conocimiento del Sumo, Pontífice Pío IX. ¡Cuál no fue su sorpresa al llegar a la ciudad eterna, saber que hacia 14 meses que el Papa se había dignado (proprio motu) elevarlo a la dignidad episcopal, preconizándole en el Consistorio de 11 de 1859 primer Obispo de Puerto-Victoria en la Australia Septentrional!

La carga del episcopado parecióle demasiado grave al Padre Serra e intentó rehusarla en su modestia, pero sus escusas no fueron aceptadas y debió doblar la cabeza ante la voluntad expresa del Papa. El 15 de Agosto de 1848 el Cardenal Franconi, Prefecto de Propaganda, le consagró.

La nueva diócesis, no sólo estaba falta de escuelas y de iglesias, sino que también se encontraba desprovista de las cosas que en toda sociedad son indispensables. La misión del Obispo consistía a la vez en convertir al catolicismo a aquellos hombres acostumbrados a vivir casi en el estado salvaje y atraerles al camino de la civilización. Necesitado de todo, so dirigió a Nápoles y España para allegar los recursos indispensables. Difícil es explicar el entusiasmo y ovaciones de que fue objeto el Prelado en su país natal. Doña Isabel dio ejemplo, y gran número de almas caritativas le proveyeron de todo lo necesario a su lejana misión, poniendo á su disposición un buque, el Ferrol, que cruzaba las costas de Italia, para conducirle a Puerto Victoria con 40 misioneros que habían reclutado.

El P. José María Benito Serra (imagen
tomada de Cultura - Espiritualidad - Carmelo)
Este buque estaba en el puerto de Cádiz para hacerse a la vela, cuando un despacho de la Propaganda hizo saber al ilustrísimo Sr. Serra que Su Santidad, en virtud de autoridad apostólica, le había desligado de los lazos que le unían a la iglesia de Puerto-Victoria, nombrándole Coadjutor del Obispo de Perth, bajo el título de Obispo de Daulia. Los misioneros debían dedicarse a aquella misión. Nombrado desde luego administrador temporal, fue hecho poco después administrador apostólico con todos los poderes de su ordinario, y el derecho a la futura sucesión de M. Brady.

La solicitud del nuevo Prelado se extendió a todo, él restableció el orden y la economía en toda la diócesis, procuró la obediencia á los decretos de la Santa Sede, especialmente en la iglesia de Perth; fundó bajo el nombre de Nuevo Subiaco un monasterio de benedictinos; aumentó considerablemente el de la Nueva Nurcia, y so mostró enérgico defensor de la enseñanza católica contra los actos de los gobiernos de Australia e Inglaterra. Obligó a estos dos gobiernos a prestarle su concurso, tanto para la erección de iglesias como de escuelas y habitaciones para los sacerdotes que ejercían el santo ministerio en casi todas las poblaciones de la Australia Occidental. Obtuvo para ellos y para los maestros de escuela subvenciones anuales.

En fin, estableció la misión sobre un pie de prosperidad tan notable como nunca se había conocido.

Todo esto no pudo obtenerse sin enormes fatigas, que más que el peso de la edad, habían gastado su cuerpo y alterado profundamente su salud.

E1 Ilmo. Sr. Serra creyó que debía dejar la carga de la administración apostólica de Perth e ir a buscar en el aire puro de su país natal el restablecimiento de su salud. Se dirigió al Papa, pero sólo al cabo de tres años, en 1862, accedió a sus reiteradas instancias.

Apenas regresó a España, volvió a emprender su vida activa en Madrid y se entregó por entero a la visita de los hospitales y a la administración de los Sacramentos a los enfermos. Esta ocupación le descubrió una necesidad social de esta época. Presidía una vez los ejercicios del mes de María, y tuvo el consuelo de volver a Dios y a la práctica del bien a gran número de jóvenes hasta entonces sepultadas en los horrores de la disolución. El mundo las había lanzado en el abismo del mal, y había aplaudido su caída; pero cuando vio a las mismas arrepentidas, no quiso reconocerlas y las arrojó de su seno; para evitarlas una recaída segura, resolvió fundar una casa abierta al arrepentimiento donde fueran recogidas estas jóvenes infortunadas. Hizo construir a este efecto una gran casa en Ciempozuelos, lugar cerca de Madrid, y mientras él trabajaba en la consolidación de esta obra de caridad, recibió las Letras del Papa que le invitaba a asistir al Concilio del Vaticano.

El Ilmo. Sr. Serra era Prelado asistente al Trono Pontificio desde el 23 de Mayo de […] En la Administración apostólica de Perth, le sucedió el Ilmo. fray Martín Grisber.

El Obispo de Daulia se ha distinguido también por la decisión y noble independencia con que se pone del lado de los defensores de la pureza de la verdad en aquellos momentos de confusión política en que éstos se vieron casi por completo abandonados de los que carecieron del valor o de la perspicacia del ilustrísimo Padre Serra.

A medida que va trascurriendo el tiempo y las faltas de los hombres vayan produciendo sus consecuencias, se pondrá más de relieve la entereza y el sentido práctico del señor Obispo de Daulia, demostrado no sólo en el apoyo que dio siempre a los principios tradicionalistas, únicos que hoy pueden favorecer a la Iglesia, sino en una célebre carta que escribió en apoyo de la actitud de los Sres. Nocedal, fieles interpretes y ejecutores de los deseos del Papa León XIII al encargarles motu proprio la gran peregrinación que deseaba reunir en torno de su Trono Pontificio.

Tristes resultados ha dado para la fe de España y para el prestigio de elevadas instituciones, los errores que entonces se cometieron; pero de aquellos lamentables recuerdos surgirá siempre glorioso el nombre de Ser  eterno, que atacado y menospreciado entonces por su actitud, vio justificada su conducta, y lloraba los males que entonces previo claramente.

Tomado de: El Siglo Futuro, 11 de septiembre 1886

Biografía breve en: Álbum histórico del Carlismo (1935)

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