dimecres, 26 d’agost del 2020

El obispo Caixal, por Arturo Masriera

El obispo Caixal 
(artículo publicado en La Vanguardia el 18/9/1928)

Sus estudios, sus opiniones, sus destierros. — La «Librería Religiosa». — La Seo de Urgel. — Sus obras. — En el Concilio. — Vicario castrense. — Su cautiverio y muerte. 
Retrato y firma del Ilmo. Sr. D. José Caixal
en la obra titulada "Biografía del excelentísimo
e ilustrísimo señor don José Caixal y Estradé,
obispo de Urgel", por D. Vicente Porta y
Vilalta, pbro., canónigo lectoral de Urgel.

Hace cincuenta años era en España este nombre objeto de malévola execración de parte de todos los enemigos de Dios y de su Iglesia. Sin conocerle, sin conceder que fuese a la vez un gran sabio y un gran santo, toda la prensa impía y sectaria, y aun la incolora y anfibia, tejieron una calumnia de lodo y afrenta contra la persona del invicto prelado urcelitano. Su memoria y su vindicación nos la sugiere el Concilio Vaticano, cuya convocatoria y celebración reseñamos en nuestro artículo anterior. Y como el obispo doctor don José Caixal y Estradé tomó parte tan activa y lucida en el mismo, éste es el lugar de dar a conocer con exactitud concisa la silueta insigne de aquel príncipe de la Iglesia.

En el pueblo de Vilosell (Lérida) vio su primera luz, el 9 de julio de 1803. Con felices aptitudes para las letras y ciencias, ingresó en 1815 en el colegio de las Escuelas Pías de Igualada, cursando letras humanas e idiomas, y en el Seminario de Tarragona, la filosofía. Pasó después a la Universidad de Cerrera, en donde recibirá, a los veinticuatro años, los grados de bachiller, licenciado y doctor en teología y en derecho, siendo después nombrado catedrático en la primera de dichas facultades, cabiéndole el honor de tener al insigne Balmes como uno de sus discípulos predilectos. En 1831 faó ordenado de sacerdote, y en 1833 obtuvo una canonjía en la Seo Metropolitana de Tarragona. Su modestia, su amor al estudio, su caridad y su bondad, fueron notorias y apreciadas de todos sus contemporáneos. Murió el rey Don Fernando VII, y el arzobispo de Tarragona, doctor Echanove, junto con el canónigo doctor Caixal, fueron desterrados a Mahón por sospechas de intransigencia política. Jurista eximio y amante de la verdad y la justicia, Caixal falló en el foro de su conciencia el pleito dinástico que se inició con la muerte de aquel monarca y ha terminado por extinción en nuestros días. [* NOTA NUESTRA: Resulta extraño que el autor ignorase que el legitimismo jaimista (carlista), aunque mermado, seguía existiendo en 1928. Resurgiría con fuerza pocos años después de publicarse este artículo.] Y de Mahón pasó a Berga, en calidad de capellán del hospital militar de aquella ciudad.

Terminada la guerra civil, pasó a residir sucesivamente en Montpellier, Nimes, Montauban y Besanzón, en donde dejó imborrables recuerdos de su actividad apostólica. Allí escribió las más notables de sus obras ascéticas y escriturarias, y mereció que su nombre en la nación veeina fuese estimado y colocado junto al de los Segur, Dupanloup, Leoordaire, Veuillot y Ravignan. Regresó a España en 1846, y volvió a ocupar su silla en la catedral de Tarragona.

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Su celo y su actividad no conocieron límites. Comprendiendo que la primera arma y la más eficaz para la difusión de la verdad es la prensa, fundó, con el venerable arzobispo Claret, la célebre «Librería Religiosa», de Barcelona. Al biografiar al venerable Claret, dijimos en estas páginas haber sido él el fundador de la misma; pero, sin intentar hoy regatearle este mérito, nos hallamos con la documentación testamentaria del obispo Caixal, en que se consigna que «queriendo que dicha institución corresponda a los fines que me propuse al fundarla..., doy a mi expresado heredero la propiedad y todos los derechos que sobre la dicha Librería Religiosa me corresponden». Pudo muy bien el P. Claret tener la iniciativa y el obispo Caixal ejecutarla; como pudieron muy bien deberse a uno y a otro los recursos con que se llevó a cabo la idea. Por ser dos los fundadores, la gloria de la empresa no se menoscaba. De hecho consta que, al morir el doctor Caixal, heredó la «Librería Religiosa» su heredero de confianza, el arcipreste de Seo de Urgel. Muerto éste, la propiedad pasó las vicisitudes y trámites que el curioso hallará fielmente relatados en si opúsculo «Bodas de diamante», insertó en el Catálogo de la misma, de 1924.

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Desde 1852 brilla con singular aureola el hombre del obispo Caixal. El gobierno español lo propone al Papa Pío Pío IX para la sede de Urgel, y es preconizado en 1853 y consagrado en Tarragona el 5 de junio por el obispo Costa y Borras, el arzobispo Echanove y los prelados de Tortosa y Lérida. Ilustró la sede urcelitana con su doctrina, caridad y prudencia. Restauró la Seo, edificó de su propio peculio el nuevo Seminario, dotó un hospital, organizó y clasificó el rico archivo con sus famosos códices, instituyó obras benéficas y culturales y adoptó toda clase de mejoras materiales (alumbrado, telégrafos, carreteras) y trazó un admirable proyecto de canalización del río Segre para intensificar las producciones agrícolas de la comarca. Como príncipe soberano del Valle de Andorra, inició una serie de obras públicas en esta república. Este era el hombre fanático, sanguinario y cruel en que la prensa de antaño se cebó con tan estúpida alevosía.

En 1885 fue desterrado a las Baleares, por haber dirigido, junto con el gran prelado Costa y Borras, una instancia al gobierno protestando de los errores y atropellos que aquél, faltando al Concordato, cometía. Catorce meses pasó desterrado en Mallorca, siendo agasajado y atendido por todo el pueblo, clero y nobleza, como si en aquel varón señalado con el estigma de la criminalidad por un gobierno sectario, se hubiesen juntado todas las prerrogativas del saber, la virtud y el buen ejemplo. Allí escribió su libro «Veni Mecum pii sacerdotis», que alcanzó buen número de ediciones. Restituido, en 1856, a su amada diócesis, trabajó como nunca, y de su actividad dan testimonio sus obras y la mejora de costumbres de sus diocesanos.

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En 1869 asistió, como hemos dicho, al Concilio Ecuménico Vaticano, por expresa invitación de Pío IX. Con los obispos Urquinaona (entonces de Cádiz y después de Barcelona), Monescillo, Cuesta, venerable Claret y los teólogos jesuitas padres Forns y Costa, formó la brillante pléyade de pensadores ilustres que tanto ilustraron aquella augusta asamblea. El gobierno de Prim no veía con buenos ojos la actuación de aquel Concilio, y mucho menos la asistencia al mismo del obispo Caixal, y así, decidió negarle (en nombre de la libertad) sus pasaportes. Pero el prelado de Urgel era, además, príncipe soberano de Andorra, y en calidad de tal fuese allí, y los gendarmes franceses, en lugar de exigirle pasaporte alguno, formaron en columna de honor y le permitieron el libre acceso a Francia. En los archivos del Vaticano se conservan aún las actas de dicho Concilio. De ellas se nos han facilitado copias fieles de cuatro oraciones latinas que el obispo Caixal pronunció ante los padres del Concilio los días 30 de diciembre de 1869 («Quanto studio»), 15 enero de 1870 («Schemata nobis») y 31 de enero («Vereor ne»). Constituyen un tesoro de ciencia dogmática y son un dechado de prudencia, celo apostólico y perfecto conocimiento de la moral y psicología humana. El Concilio aprobó por unanimidad sus conclusiones y las incorporó a sus deliberaciones. El estilo clásico de la más selecta latinidad, la claridad de conceptos y la más incontrovertible lógica, las constituyen en otras tantas piezas apologéticas dignas de los Anastasios, Tertulianos y Crisóstomos.

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Después de la Revolución, lamentó España otra guerra civil. El obispo Caixal, fiel en su puesto de honor, estando vacío el trono, vio cómo las fuerzas de Don Carlos ocupaban Seo de Urgel. Y entonces fue cuando Don Carlos le llamó a su cuartel real de Durango, en 1873, y le ofreció el cargo de vicario general castrense, si el Papa accedía a ello. Y el Papa accedió, y el obispo Caixal, frente a la anarquía que tenía a la nación dividida en tres insurrecciones, además de una guerra colonial, aceptó la bandera de Don Carlos, creyendo de buena fe que era el único caudillo que podía salvar a España. Y hasta el 26 de agosto de 1875, en que Martínez Campos tomó la plaza, permaneció en Seo de Urgel alentando a sus defensores y practicando la caridad con todos. Habíase estipulado en la capitulación que los carlistas saldrían de la plaza con armas y todos los honores militares. Jovellar y Martínez Campos saludaron a Lizárraga, el defensor de la misma; pero al obispo le negaron hasta el saludo militar. Le hicieron prisionero, llevándolo por Puigcerdá y Vich, hasta San Andrés de Palomar, en donde, en un coche, le condujeron al puerto de Barcelona, embarcándole, entre denuestos y ultrajes de la plebe, para Alicante, en cuyo castillo fue encarcelado. Allí estuvo hasta el 6 de abril de 1876, sin que se le formase proceso. Fue libertado y pasó a Orán, primero, a Argel, después, y a Roma, más tarde. Pío IX le abrió los brazos y le bendijo efusivamente. Murió el 26 de agosto de 1879, siendo trasladadas sus cenizas a Seo de Urgel. Hace pocos años el pueblo de Vilosell, donde viera la primera luz, honró espléndidamente su memoria. Pero tal vez el mayor de los homenajes se lo tributó Ruiz Zorrilla al decir en plenas Cortes:

«Si hubiese en España diez obispos como Caixal, la Revolución no podría adelantar ni un paso.» 

ARTURO MASRIERA

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