dimarts, 19 de juliol de 2016

El terror rojo en Cataluña I - Pórtico

por Antonio Pérez de Olaguer (carlista de Barcelona)

PÓRTICO
I

Asesinado Calvo Sotelo, todo el mundo comprendió en Barcelona, como en las demás ciudades españolas, que se acercaba el instante decisivo en que chocaría el comunismo con las reservas de la Tradición; pero en Barcelona el nerviosismo era mayor, debido a múltiples factores y acontecimientos.

La fiesta del Primero de Mayo había constituido un alarde imponente de fuerza comunista. Centenares de millares de obreros inundaron los campos y coronaron las alturas, tremolando banderas rojas, como sin darle importancia al hecho. Desde aquella fecha el ambiente se enrareció. Los sacerdotes no podían transitar por los barrios humildes sin exponerse a groseros insultos de palabra y de obra. En la semana que siguió al asesinato de Calvo Sotelo, las ramblas hervían, todas las noches, de un verdadero ejército rojo, bien armado y avizor. Y bajo el pretexto de celebrar una «Olimpíada Popular», que compitiese con la de Alemania, la Esquerra acumulaba en Barcelona algunos millares de ex combatientes franceses, rusos y checoeslovacos y buen número de bandoleros mejicanos. Los trenes circulaban con enormes letreros que insultaban soezmente al Ejército y al Sacerdocio. Y las autoridades se complacían en tolerarlo y se dedicaban a repartir armas por millares, sirviéndose de camiones, en los barrios extremos de la ciudad, en los que no ser comunista era una rara excepción.

También las derechas daban muestras de actividad. La oficialidad se mostraba dispuesta a sacrificarlo todo, a arriesgar su porvenir y su misma vida, con tal de salvar la Religión y la dignidad y unidad de España. Y miles de ciudadanos se aprestaban para tomar las armas y echarse a la calle, en cuanto lo ordenase el Ejército salvador. Carlistas, falangistas, militares retirados, juventudes de Renovación Española y de la CEDA, se fundieron en una sola organización, distribuida en centurias y decurias y provista de distintivos e incluso de armas. No recuerdo que formasen parte de este frente único las juventudes de la Lliga. Recuerdo que estaban contra él los jóvenes de Unión Democrática y los Jóvenes Cristianos Catalanistas.

El Movimiento salvador nació con mala estrella. Dos días antes fue detenido un enlace que llevaba encima importantes documentos. Por otra parte, la Guardia Civil adoptó una actitud desconcertante. La Generalidad la empleó en una guardia permanente que impedía la salida de la guarnición fuera de la capital y cortaba una posible retirada en caso de vernos derrotados. La captura del enlace permitió a la Generalidad tomar sus medidas, orientadas por el General Llano de la Encomienda. La noche del sábado, grupos de escamots y de faístas montaron nidos de ametralladoras en las azoteas y torrecillas del trayecto que debían seguir las tropas. Además, nuestros adversarios se incautaron, aquella misma noche, de millares de autos, y en cada auto se acomodaron tres faístas y un técnico —guardia de Asalto, o ex combatiente ruso— armados de pistolas ametralladoras.

Mientras la Generalidad tomaba las precauciones antedichas, unos quinientos jóvenes de nuestra organización se distribuyeron por los cuarteles, para animar a las tropas. La consigna era que la Guardia Civil tomaría la emisora de radio y lanzaría a las ocho de la mañana una orden terminante, para que se echase a la calle y cooperase con la tropa toda nuestra organización ciudadana.

Mozos de Escuadra defienden el palacio de la Generalidad

II

A las cuatro de la madrugada, las tropas se dirigieron a sus objetivos, quedando en los cuarteles la fuerza indispensable para defenderlos y proteger la retirada. No falló más que un cuartel, en el cual habían sido previamente encarcelados los oficiales afectos al movimiento. Falló también, casi en absoluto, la Guardia Civil, muy trabajada por la propaganda comunista y seducida por los discursos, garantías y promesas de Aranguren, Pozas y demás traidores. Terrible fue la lucha. Los aeroplanos de la Generalidad ametrallaban sin piedad a los soldados y a los ciudadanos que les acompañaban. Hora y media estuvo cargando el regimiento de Santiago, con su Coronel al frente, para abrirse camino por el paseo de Gracia, y lo hubiesen logrado sin la intervención de los aviones separatistas. Otras tropas, más afortunadas, aunque no más heroicas, conquistaron preciados objetivos, entre ellos la Telefónica, situada en la plaza de Cataluña, y la Universidad, en cuya toma colaboraron los requetés y los estudiantes monárquicos y falangistas.

Pero, en su conjunto, el Movimiento presentaba mal cariz. La Guardia Civil no atacó la radio, y ésta, en vez de lanzar la anhelada consigna, daba noticias favorables a la Generalidad. A las once, la Guardia Civil atacó por la espalda a nuestros artilleros que estaban a punto de conquistar la Consejería de Gobernación. Al mediodía, la misma Guardia Civil, lanzando gritos estentóreos de «¡Arriba España», era recibida como un auxilio providencial en la Universidad y a traición se posesionaba del edificio. A las tres de la tarde, la Guardia Civil y los de Asalto, provistos de morteros y secundados por la hez del pueblo, vomitada por las bocas del Metropolitano de la plaza de Cataluña, asaltaron la Telefónica. Nuestros aviones, que no actuaron por la mañana porque el General Goded extremó el respeto a la ciudad y a sus obras de arte, no pudieron actuar por la tarde, ya que la tropa se insubordinó y detuvo a la oficialidad leal. Los refuerzos prometidos no llegaban, porque la inesperada defección de una parte de la Escuadra imposibilitaba su traslado. En varias calles y plazoletas yacían montones de oficiales, soldados y ciudadanos, en torno de una pieza de artillería, entre caballos agónicos o muertos.

Caía la tarde. La Guardia Civil, la FAI y algunos guardias de Asalto, se encaminaron hacia la Capitanía general arrastrando tres cañones. No se necesitaba mucha técnica para batir un edificio absolutamente desprovisto de condiciones estratégicas. El General Goded procuró salvar a cuantos oficiales pudo y les dio oportunas instrucciones. No se rindió. Los atacantes derribaron las puertas y entraron como un alud. Y hallaron al General, muy sereno. Como era cristiano, no se pegó un tiro. Uno de aquellos miserables disparó contra él y le hirió levemente. Le apresaron y le condujeron a la Generalidad. El General babia ordenado que siguiesen resistiendo los cuarteles de la línea del Llobregat, por si llegaban refuerzos. Mandó a los demás que se rindiesen, porque era baldía la resistencia contra la masa imponente del sindicalismo y aun era posible salvar la vida de los soldados.


Milicianos celebran el fracaso del Alzamiento en Barcelona el 19 de julio de 1936.

III

Uno tras otro se rindieron los cuarteles. Los oficiales recabaron para sí toda la responsabilidad, con lo que salvaron a la tropa. El lunes, cuando se supo con certeza que no llegarían refuerzos, se entregaron los que guarnecían la línea del Llobregat, o sea Pedralbes y Atarazanas.

Pero de estas últimas rendiciones apenas se enteró Barcelona. El Terror Rojo ya se había iniciado. Rotos los diques, desarmados los nuestros, se desbordaba el populacho azuzado y controlado por rusos, franceses y mejicanos, por comunistas, judíos y masones. Ardían los templos. Ardían por tres veces, hasta que se derrumbaba la techumbre. Una turba soez desfilaba ante las momias de las religiosas, a cuyo lado los masones de El Diluvio colocaron huesecitos de niño, con la más siniestra y grosera intención. Se allanaba los domicilios. Caían por centenares las víctimas. Los camiones y automóviles de la Generalidad y de la Confederación Nacional del Trabajo irrumpían en los paseos, transitando por el andén reservado a los peatones, y en ellos se hacinaban gavillas de criminales, con los ojos encendidos en odio satánico, el cuchillo entre los dientes y la star en la mano crispada. Se inauguraba el Terror Rojo. Miles de seres inocentes iban a caer bajo el rodillo montado por el soviet y la masonería.

El terror tuvo un pórtico. Voy a describirlo para que sirva de introducción a mis cuadros, tan cruentos como objetivos. Fue el domingo, a las seis y cuarto de la tarde. La turba que había conquistado la Telefónica, se apoderó de uno de esos carros de artillería, con baranda campesina, que recuerdan el que condujo al cadalso a Luis XVI. Le engancharon dos caballos, enjaezados con arreos muy parecidos a los que se empleaba en tiempo de la Revolución francesa. Yo no sé de dónde los sacaron. Yo ignoro qué obscuro antro, qué logia diabólica se los proporcionó. Subieron al carro dos hombres, con un pistolón en cada mano. Lo custodiaban, a cierta distancia, tres parejas de guardias marinos, muy parecidos también a la guardia revolucionaria de los viejos grabados franceses.

Esta lúgubre comitiva tomó por el arroyo central del paseo de Gracia. Los pistoleros del carro gritaban de vez en cuando: «¡Viva la República comunista!» Y levantaban el puño en alto. Las familias del paseo cerraban atemorizadas los postigos. No querían ver la realidad. Se negaban a creer en ella. Una muchachita no levantó el puño. Quizá por valentía, quizá porque el miedo le arrebató la serenidad. Los pistoleros obligaron a los guardias a subirla al carro. ¿Fue asesinada más tarde? Esta fue la cabalgata simbólica que abrió, en Barcelona, las puertas dantescas del Terror Rojo.

No me propongo trazar un cuadro completo. No alegaré estadísticas. Unas pinceladas, nada más. Hay cosas que no pueden escribirse. No he sabido encontrar todavía la paz necesaria para describir el asesinato de mi padre, herido de cinco balazos, en las manos, pies y muy cerca del corazón, como para reproducir la crucifixión del Señor. Yo recogí su bendito cadáver ensangrentado y besé su venerable frente destrozada por el golpe de gracia. No voy a describir tampoco el asesinato de mi hermano Manuel, acribillado a tiros. Yo no puedo, ni quiero, ser completo. Pero sí pretendo mostrar a España algunas de estas horrendas escenas, para que den gracias a Dios los que no han sufrido la Dictadura roja y nos animemos a acabar pronto con ella, y a la vez que execramos las salvajes crueldades de los culpables y delatamos la responsabilidad de los cómplices, sintamos una piedad, infinita y eficaz, por tantos inocentes que se asfixian en vapores de sangre y de cloaca.


El Terror Rojo en Cataluña (Antonio Pérez de Olaguer, 1937)

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