dilluns, 1 d’agost de 2016

El terror rojo en Cataluña III - La fobia antimilitarista

por Antonio Pérez de Olaguer (carlista de Barcelona)

LA FOBIA ANTIMILITARISTA

El General Manuel Goded Llopis
(S. Juan de Puerto Rico, 1882 – Barcelona, 1936)

¿Quién les iba a decir a aquellos clásicos y un poco vacíos oradores catalanistas, tan de orden, el resultado de sus doctrinas y la secuela de su bilis? Predicaban, en primer término, la exaltación suprema de una bandera con detrimento de otra, la nacional, la única, la española, la roja y gualda. Luego buscaron, por todos los medios, valiéndose de todos los trucos, el desprestigio de las instituciones militares. La bota del militar, el ruido de quincallería, los bigotes de un general, fueron símbolos más o menos desafortunados de una fobia antimilitarista, entonces un poco inocente, pero avivada por las logias masónicas, en las que se incubó el catalanismo de Almirall. Pordioseaban el favor del pueblo. Al salir de sus fábricas, o de sus despachos, necesitaban un aplauso menos prosaico que las cuentas corrientes. Jugaron muchos años con fuego y, naturalmente, vino un momento en que se quemaron. Sí, en Barcelona, donde cuando yo era niño recuerdo con emoción aquellas fiestas militares de la jura de la bandera, en Barcelona se había fomentado en estos últimos años el odio a todo lo militar. Discursos de Vallés y Pujals, latiguillos de Puig y Cadafalch, versos de Carner, juegos antimilitaristas de Llongueras...

Y sin embargo... Cuando, rotos ya todos los diques que contenían la revolución en marcha, quisieron algunos catalanistas, y en especial los señores Ventosa y Valls y Taberner, beber el remedio de la fuente pura, ya era tarde. El pueblo, envenenado por doctrinas que nunca pudo digerir, se lanzó, lleno de odio, a aniquilar a los militares.

¡Los militares! Nunca fueron más dignos de encomio y de gratitud. Los militares, de un modo especial los oficiales de guarnición en Barcelona, se sacrificaron heroicamente, noblemente, desinteresadamente, por la Causa. En primer término, todos, sin excepción, se hicieron responsables del levantamiento, salvando así la vida de sus soldados, identificados en su mayoría con ellos, y la de muchas personas civiles.

Las víctimas entre militares son muchas y de gran valía.

En primer término, la figura ápice del malogrado General Goded, que fue a la muerte admirablemente sereno, diciendo arrogante y sublime, mientras fumaba despectivamente:

—Podéis matarme... Pero la Causa vivirá y triunfará...

Otros Generales cayeron también... El General Buriel, el General Gay, el General Legaruguro, y aquel bueno, aquel santo, aquel bravo General Miquel. Coroneles han caído también muchos: entre otros, Lacasa, Llanas, Dufoo.

Entre jefes y oficiales se calcula unas doscientas víctimas, muertas algunas en combate, mas por regla general asesinadas. Los fusilamientos pueden también calificarse de asesinatos. Pruebas hay en las páginas que siguen.

Desaparecidos los militares dignos, el Ejército está descompuesto totalmente en Cataluña. Se ha fomentado la indisciplina creando Comités de obreros y de soldados en la Guardia Civil y en los Carabineros. En las pequeñas unidades que quedan de Ejército regular, los jefes han de obedecer a comisarios políticos. Además, los antecedentes masónicos han sido suficientes para desequilibrar la balanza de la justicia. Un ejército así no es tal ejército.

De la fobia antimililar da idea el hecho monstruoso de pasar por las armas a aquellos que hubiesen formado parte de un tribunal militar, actuando de fiscal o de juez. Un caso típico: el de Fernández Valdés, juez en los famosos sucesos de Garraf.

¡Pobre Cataluña! Políticos petulantes o egoístas, saturados de catalanismo, llevaron al pueblo a un odio contra todo lo militar, y el pueblo, desbordado, se suicidó asesinando alevosamente a quienes honradamente intentaron conservarle la vida.


1.— ¡NO ES PRECISO EL TIRO DE GRACIA!

De izda. a dcha. los heroicos oficiales, comandante López Amor
y capitanes Lizcano de la Rosa y López Belda, durante su juicio sumarísimo

En Barcelona era del dominio público. Con saña primero, con rencor después, con admiración por último fueron dándose los detalles. Y al fin surgió la reconstrucción fiel, verídica, emocionante, de la muerte heroica de estos cuatro caballeros españoles: Comandante López Amor; Capitán López Varela; Capitán López Belda; Capitán Lizcano de la Rosa.

El Capitán López Varela tiene una herida de bala en la vejiga. No puede tenerse en pie. Y en camilla asiste a todos los juicios, responde a todas las preguntas, acepta estoicamente la sentencia.

El Capitán López Varela, con su comandante y los otros dos capitanes, ha sido condenado a muerte.

El Capitán don Luis López Varela durante el proceso

Es en los fosos de Montjuich. Los clásicos fosos de la leyenda negra, que durante cerca de un siglo han sido piedra de toque de todas las difamaciones, de todas las calumnias y que al fin encarnan una realidad de tragedia, de horror y de espanto.

Allí va a fusilarse a un enfermo. Ya avanza, un poco pálido, retorciéndose por el dolor de la herida. Allí, en su camilla, postrado, enfebrecido, el Capitán López Varela sonríe dulcemente. Y le dice a su defensor:

—Líeme usted un pitillo...

Y el bravo Capitán fuma, fuma siempre y contempla las espirales de humo, que vuelan limpias, suaves, hacia el infinito, como volará su alma grande, de patriota, de héroe.

Ya llegan a los fosos. Ya van a fusilar a los cuatro. Pero surge una gran dificultad. A pesar de quererlo, a pesar de intentarlo, López Varela no puede tenerse en pie. Su herida es aún más fuerte que su voluntad. Y entonces...

¡Ah! ¡Todo tiene remedio! Y López Varela es atado, brutalmente, a una silla. Enfrente de la silla se coloca el pelotón. Y detrás del pelotón un gran número de milicianos y de pueblo que goza de presenciar la ejecución.

Ya están los cuatro héroes abrazados. A la derecha del herido, el Comandante López Amor. Y a su lado, los otros dos capitanes.

Es un momento solemne, de una emoción única. Se va a ajusticiar a unos hombres, uno de los cuales, inerme, herido, está atado a una silla.

No; no se trata de un asesinato bárbaro, brutal, hecho por inconscientes, por irresponsables, por analfabetos. No. Se trata de dar cumplimiento a una sentencia, dentro de la ley, de la legalidad. Los eternos detractores de la pena de muerte tenían que ser los que la pusieran en práctica con un herido nada menos.

No; no puede tolerarse, sin una protesta, tanto cinismo, tanta osadia, tanta desvergüenza. No puede consentirse tamaña violación de los sentimientos humanitarios. Y el genio vivo, arrogante, de Lizcano de la Rosa se revela magnífico, y con una voz recia, maciza, domina todo y grita:

—¡Canallas! ¡Cobardes! ¡Asesinos! ¡Tirad ya! ¡Viva España!

López Belda levanta su brazo:

—¡ Arriba España!

Lizcano de la Rosa insiste...

—Viv...

Pero no ha podido acabar el viva. Ha sonado una descarga. La muchedumbre que presencia la ejecución se ha adelantado. Y han sonado, a un tiempo, más de cien disparos. No ha sido una descarga sola. Han disparado todos los que presenciaban el fusilamiento y tienen armas. El brazo de Lizcano de la Rosa, en alto, herido, arrancado de cuajo y desprendido del tronco, ha caído antes que el cuerpo. Durante cinco minutos no se ha podido contener los disparos. El pelotón, los milicianos, el pueblo, dispara sus armas una y otra vez sobre los cuerpos inanimados. Jamás pudo concebirse tanto odio, tanto ensañamiento. A golpes de silbato, a gritos estentóreos, se pudo dominar aquel desorden. Y cuando todo se ha calmado, el encargado de dar el tiro de gracia se acerca a los caídos para rematarlos. Suena una voz seca:

—¡Alto! ¡No es preciso el tiro de gracia!

En efecto; no era necesario. Cada cadáver tenía más de cien balazos mortales de necesidad.

Para España, jornada de gloria. Para la revolución roja, el día más bochornoso y más triste. ¡En los pueblos más salvajes, lo único que se respeta y que se admira es el valor! Aquí, ¡ni eso!


2.— UN CORONEL LEE SU SENTENCIA


Barcelona lleva cerca de dos meses bajo las garras de la dictadura roja. No. No puede argüirse que Barcelona está bajo los fueros de guerra, porque en Barcelona no ha imperado nunca el poder militar, y ha mandado desde el primer momento el despotismo civil, encarnado en la impotencia de los muñecos de la Generalidad. No ha sido ni una lucha noble, ni una resistencia ordenada, ni una represalia justa. Todo se ha reducido al asesinato bárbaro y al robo descarado, a la confiscación absurda, a la prisión arbitraria.

Barcelona ha vivido y vive todavía, sencillamente, bajo el poder de Rusia. Es una ciudad roja. Ni más ni menos.

¿Dónde quedan los tan cacareados derechos del hombre? ¿Dónde está la abolición de la pena de muerte? ¿Dónde la supresión de la previa censura? Todos los tópicos clásicos pueden aplicarse a esos inconscientes y fracasados hombres que iban a establecer la equidad, la justicia y la paz social. Ahí está el ejemplo. La guerra es la misma. Y mientras en Burgos y en Sevilla la normalidad es, en verdad, absoluta, en Madrid y en Barcelona no se puede dominar a las masas desbordadas y cunde la indisciplina, la desmoralización, el escándalo y el caos.

Ya los asesinatos, organizados con perfección digna de mejor causa, no son suficientes. El terror debe gozar de la protección oficial. Es preciso crear el Tribunal popular para que estos asesinatos revistan mayor aparato y sean, digámoslo así, más elegantes.

Y hemos llegado al punto culminante de este verídico relato. Por el pomposo Tribunal popular ha sido condenado a muerte un coronel del Ejército español. Y como ahora todo va en orden, es preciso comunicarle la sentencia.

No se sabe si, porque en el famoso Tribunal nadie sabía leer, o porque no disponían de la persona que diera solemnidad al acto, es lo cierto que hubo que nombrar un notificador de oficio. Y este nombramiento, resuelto al azar, recae en un abogado tímido, bondadoso, bueno. Como la invitación se le hace en términos muy amables —un fusil, todavía humeante por haber sido recientemente disparado, en el pecho—, el abogado, muy joven, un muchacho, no se atreve a negarse. Cuestión de delicadeza.

Hay un silencio denso, espeso. El Coronel espera tranquilo la notificación de la pena de muerte. El muchacho tiembla. Vacila. Llora. Sus manos, pálidas, yertas, no tienen fuerza para sostener el papel tenue. Entonces...

El Coronel del Ejército español avanza unos pasos. Un momento brilla un relámpago en sus ojos, grandes y negros. Arranca de manos del aterrado abogado el papel. Y con voz varonil, gruesa, fuerte, sin claudicaciones, arguye:

—¡No sea usted pusilánime, criatura! Si se trata de notificarme la sentencia de muerte, la leeré yo mismo.

Digno, sereno, valiente, sublime, el Coronel lee la notificación que proclama su condena a sufrir la pena capital. ¡A perder la vida!

No importa... Él la lee... Él sabe olvidar que en aquella hora una mujer santa y unos hijos valientes lloran desesperados la pérdida inmediata... El Coronel del Ejército español sabe que por encima de la familia está la Patria, que es la familia de todos y la suya también.

La voz del Coronel no ha temblado un momento...


3.— EN EL ASCENSOR

Francisco Llano de la Encomienda
(1877-1963)

La tragedia de Barcelona tiene sus responsables. La Historia, con su juicio sereno, documentado, irrebatible, los sacará en su día a la luz pública para vergüenza y escarnio de esas figuras siniestras, pequeñas, oscuras, grotescas... Llano de la Encomienda, Aranguren, Sandino, Bayo...

Pero la Historia —sobre todo la Historia moderna—, para formarse, necesita beber en fuentes auténticas. Yo quiero contribuir, con mi gota de agua, a ese caudal abundanlísimo de hechos ciertos, positivos y fácilmente comprobables, que tanto han de contribuir al esclarecimiento de la verdad. Verdad, para algunos amarga y bochornosa, pero verdad al fin.

El General Llano de la Encomienda, con Aranguren, son los principales responsables del caos de Barcelona. Llano de la Encon1ienda se negó, desde un principio, con lealtad digna de mejor causa, a prestar su apoyo al Movimiento nacional salvador de España. Hasta aquí, tal vez no habría nada que objetar. Si su pobreza de espíritu, si su cortedad de criterio, si sus escrúpulos absurdos le vedaban formar parte de un levantamiento patriótico, podía rehusar todo diálogo sobre él. Pero de esto a pasarse al otro bando con armas y bagajes, hay un abismo . Y Llano de la Encomienda estaba ya al otro lado. Y en una reunión aseguró —así me lo afirma un caballero— que su ideal era morir envuelto en la bandera comunista. Y en otras se ofreció para ponerse al frente de las turbas de Companys armándolas y disciplinándolas. Y ésta era ya la deserción. Un crimen de lesa Patria. Era pasarse de España a Rusia en traición alevosa y criminal.

Con todo... a Llano de la Encomienda, como militar, se le suponía el valor. Pero eso, por lo visto, era sólo una suposición. Y cobarde, cuando llegó el momento, apenas si pudo nadar entre dos aguas. Y al entrar Goded en Capitanía, Llano de la Encomienda no le dio la batalla. Y se retiró a su pabellón.

En el pabellón le sorprendieron los sucesos y allí las fuerzas de Companys le retuvieron prisionero, durante unos días. Luego, Llano de la Encomienda aclaró su situación y quedó en libertad.

Sus declaraciones, poco caballerosas, contribuyeron al fusilamiento de los Generales Goded y Buriel, y al del Comandante López Amor, y al de los Capitanes López Belda, López Varela y Lizcano de la Rosa.

La figura de Llano de la Encomienda empezó a ser criticada por todos. Hasta que un día, perdido ya el respeto, Solidaridad Obrera, el órgano oficial de la FAI, levantó el dedo en un «Yo acuso» fulminante y afirmó que, aunque siempre al lado de la revolución, el General Llano de la Encomienda había estado negligente en el cumplimiento de su deber...

***

Así las cosas, el General Llano de la Encomienda, residente aún en su pabellón de Capitanía, llegó una tarde de mediados de agosto a tomar el ascensor que le había de dejar en sus habitaciones particulares. Como de costumbre, un miliciano guardaba la puerta del ascensor...

—¡Alto! ¿Dónde vas tú?

El General Llano de la Encomienda se detuvo sorprendido. Su ayudante se apresuró a aclarar:

—Camarada, ¡que es el General Llano de la Encomienda!

El camarada, el fusil a la cara, sonrió con sarcasmo. Y exclamó:

—¡Qué General ni qué narices! ¡Aquí lodos somos iguales! Camarada, sube por la escalera como ha subido siempre tu asistente...

Y el pobre General, un poco pálido y muy dolorido, subió vacilante las escaleras y tal vez al llegar a su cuarto rompió a llorar con menos dignidad que el Rey moro.

Al día siguiente, el camarada Llano de la Encomienda salió de Capitanía y alquiló un pisito modesto en un barrio alejado de la ciudad.

¡Pobre hombre! ¡Y pensar que pudo morir con la altivez o con la generosidad de un Goded, o triunfar con la simpatía y la audacia de un Queipo!

Mientras que ahora... Ese es, quizás, su mayor castigo...


4.— CORRESPONDENCIA LEAL

Comandante José Fernández Unzúe

Es el 6 de octubre de 1934. Los rebeldes de la Generalidad están cogidos, están copados. Dencás, el cabecilla, se ha ido tranquilamente por una cloaca. Si la sangre de unos héroes, de unos mártires y de unos desdichados no regara las calles de Barcelona, aquella fecha sería cuanto más una fecha cómica.

Pero a traición, de una forma inaudita, por un procedimiento cobarde, han caído un puñado de militares honrados, fieles cumplidores de su deber. Y los oficiales y los soldados, poseídos de una ira justa, sedientos de una venganza legítima, quieren entrar a saco en la Generalidad, quieren morir, si ello es preciso, para poder matar.

Y surge una figura simpática, una figura simbólica, una figura noble, una figura legendaria: la del Comandante Fernández Unzúe, artillero del primero de Montaña.

Fernández Unzúe, con la autoridad máxima que da un prestigio cumbre, logra contener a sus hombres.

—¡Alto, alto, que nadie dispare!... Se rinden y nosotros no somos asesinos...

Y Fernández Unzúe, solo, arrogante, sube las escaleras de la Generalidad. Y llega delante de Companys, el rebelde.

Es un momento de una grande emoción. Un capitán, perdido el dominio de sí mismo, avanza con una pistola, dispuesto a hacer fuego. Con serenidad estupenda, Fernández Unzúe evita el disparo.


—¡No teman!... Para evitarles la violencia de un cacheo, ruego que dejen sus armas sobre la mesa y que se entreguen lealmente a las fuerzas de mi mando.

No hubo víctimas en la Generalidad. Porque antes que un indulto generoso salvara la vida a Companys, se la había salvado el Comandante Fernández Unzúe.

Companys debía estar, cuando menos, muy agradecido.

***

Reverso de la medalla. Han pasado unos años. Mes de agosto . El Comandante Fernández Unzúe, modelo de caballeros, está preso en el Uruguay. Pesa sobre su cabeza la sentencia de muerte.

Companys tenía el momento propicio para devolver su deuda. Deuda de gratitud.

No obstante... ¡Ni un gesto! ¡Ni una súplica! ¡Ni un ruego! ¡Fernández Unzúe salvó la vida a Companys, pero Companys no salvó la vida a Fernández Unzúe!

Es el reverso de la medalla. No existe la correspondencia leal. Companys, cobarde, calla...

Y sin que una voz, ni de Companys ni de nadie, se levante en favor de quien salvó la vida de todos, Fernández Unzúe, conducido al Campo de la Bota, es pasado por las armas.

Cuando los fusiles encararon la silueta simpática y épica del heroico Comandante Fernández Unzúe, su boca se quebró en una mueca de supremo desprecio.

Y el eco de los disparos se debió clavar como una saeta en el corazón de Companys.

He dicho que se debió clavar. ¡Pero no se clavó! Porque Companys no tiene corazón...


5.— ¡ESTÁ OCUPADO, SEÑOR!

Fernando Lizcano de la Rosa
(1900-1936)

El caos en Barcelona ha llegado a un extremo que las balas han tomado carta de naturaleza entre nosotros. Vemos pasar una bala y nos apresuramos a detenerla en su camino, la saludamos cordialmente y la deseamos buen viaje.

Como en la Guerra Europea, han surgido coleccionistas de balas, y se cuentan historias fantásticas.

—Esta bala ha atravesado el pecho de Lizcano de la Rosa. Yo mismo la he recogido.
—Pues la mía también.
—Y también la mía.

Y hay cincuenta milicianos que sostienen que la bala que tienen en su poder, de recuerdo, es la que ha cortado la vida al heroico Capitán Lizcano.

Y lo curioso, lo inverosímil, lo trágico, lo espeluznante, es que todos tienen razón. Porque al bravo Lizcano de la Rosa le tiraron bastante más de cincuenta disparos.

¡Como a tantos otros! En Barcelona se oye un disparo y es algo así como si se oye cantar a Hipólito Lázaro en una función a beneficio de las milicias.

Resulta desagradable, pero no hay más remedio que soportarlo.

Barco prisión Uruguay anclado en el puerto de Barcelona (1936)

Así las cosas, el General Llano de la Encomienda, acompañado de todo el protocolo oficial —escribientes, testigos, abogados, etc., etc.— regresaban del Uruguay de prestar declaración en uno de los juicios sumarísimos.

Era de noche... y sin embargo llovía. Llovían balas como garbanzos.

Pero, claro, la costumbre... Los abogadillos tímidos, los testigos asustadizos, los milicianos cobardones, no daban a las balas demasiada importancia. La costumbre, señor...

De pronto, una bala ¡zas! se clava en la nariz de un sargento de Asalto. El hombre no dijo Jesús porque era laico. ¡Y porque no tuvo tiempo!

Una cosa es la amistad con las balas y otra gozar de su intimidad.

¡Caballeros! ¡La que se armó! Los abogadillos, los testigos, los milicianos, se apresuraron a tirarse al fondo de la barca, para evitar una catástrofe irremediable.

Un testigo, un digno y algo obeso ciudadano, que tenía unas ganas locas de vivir, se 1anzó contra el suelo de la barca e intentó meterse debajo del asiento. Pero sólo lo intentó. No pudo lograrlo. Y no pudo lograrlo porque alguien le había precedido. Y allá adentro, en el fondo de la barquita, sonó asustada, vacilante, una voz:

—Está ocupado, señor...

Esta voz era del General Llano de la Encomienda que se había puesto, el primero, a salvo.


6.— EL COMANDANTE ALBERT

Manuel Albert Despujol
(Vida Aristocrática, 1920)

El Tebere entraba, lento, majestuoso, solemne, en el puerto de Génova. El Tebere era un buque hospital cedido por el Gobierno de Italia para que sanásemos en él heridas del alma. Nuestra alma, mordida por la injuria, por el dolor y por la ingratitud. Y nosotros, españoles, catalanes, barceloneses, nos acogíamos a la providencia de aquel buque salvador huyendo del caos de nuestra ciudad. De Barcelona, que no respondía a nuestros afectos, ni a nuestros sacrificios, y de la que nos íbamos porque nos maltrataba, porque nos perseguía, porque nos odiaba...

Era la hora del crepúsculo; los rayos últimos y débiles de un sol de verano, se hundían lentos en la calma acogedora y dulce del puerto.

Recuerdo que al asomar mi rostro por encima de la borda para contemplar curioso la alegre policromía de la estación marítima, lo primero que vi, allá en el fondo, en el cuadrado gris del asfalto, fue la figura esbelta, la silueta elegante, la sonrisa inconfundible del Comandante de Artillería Manuel Albert Despujol. El Comandante Albert, con su cara eternamente jovial. Con sus ojos grandes y claros. Con su perfil proporcionado y perfecto. Con su tez tersa suavemente coloreada. Y toda aquella simpatía sencilla y clara y comunicativa, que era la gala más sugestiva de su carácter sociable, apacible y entero.

¡El Comandante Albert! Recuerdo que llevaba, aquella tarde de primeros de agosto, un jersey verde muy ajustado. Y en el jersey, sobre su pecho, recogiendo los latidos de su corazón generoso y patriota, una bandera: ¡la bandera española, la única, la verdadera, la roja y gualda!

¡Hacía tanto tiempo que no la veía tan firme, tan orgullosa, tan sublime...! En el pecho del bizarro militar estaba como en un templo, como en un relicario, como en una custodia.

Y al descender del puerto y abrazar estrechamente al Comandante Albert y a su bandera, me pareció que abrazaba —y así era, en efecto— a la España que yo creyera ya definitivamente perdida, y de la que huía derrotado, vencido, humillado...

Y fue entonces cuando le pregunté con ansias de saber, con esperanza de vivir:

—¿Se salvará España?

Y recuerdo que, con una emoción cuyo alcance mido ahora solamente, me contestó:

—Sí, se salvará... Pero es menester que vayamos todos... Porque sin nuestro concurso, sin el concurso de todos, España no podrá salvarse nunca...

***

Otra tarde en Génova, mientras esperábamos la ocasión y el momento propicios para incorporarnos todos a la lucha, yo recogí la odisea del Comandante Albert en Barcelona. El Comandante de Artillería Manuel Albert era una figura destacada, se había distinguido siempre por su entusiasmo, por su apasionamiento, por su fervor por la causa monárquica. Comandante retirado, él, desde la oscuridad de un hogar burgués, alerta siempre, esperaba, trabajando en obras benéficas, en obras sociales, en obras patrióticas. Su gran sociabilidad, su simpatía, con la que muy pocos podían rivalizar, le franqueaban todas las puertas, le abrían todos los caminos. Hacía mucho bien. Y esto era ya, de por sí, un grande, gravísimo pecado en tiempos de revolución.

Fue el 25 de julio de 1936. En la Gran Vía Diagonal. En Barcelona. De un camión, ágiles como monos, saltaron unos energúmenos. Sus ojos de cazadores de presas humanas, reconocieron al Comandante Albert que, tranquilo, como el que no teme a nadie ni se tiene que arrepentir de nada, se dirigía a su casa. Le detuvieron, apuntándolo con sus fusiles a quemarropa:

—Tú eres el Comandante Albert.
—Sí.
—Enséñanos tu casa...

El Comandante Albert, sin inmutarse, obedeció con una gran dignidad. En su casa estaba su esposa, Gloria Oriola Cortada, y con ésta la duquesa de Solferino, hermana del Comandante.

Fueron unos momentos de intenso dramatismo. Ni el dolor, ni la ternura, ni la angustia, ni el sufrimiento de una esposa dignísima, ni la arrogancia magnífica, ni los ojos bellísimos, agrandados por el espanto de la bella duquesa, pudieron conmover a aquellas fieras, ni tocar los resortes de una caballerosidad, cuando menos superficial. No. Los fusiles, rozando los cuerpos de las víctimas y el desdén reflejado en todos los actos. ¡Con qué rabia tiraban at suelo y pisoteaban las cruces y condecoraciones ganadas honrosamente por el Comandante! ¡Con qué saña destrozaban los retratos!

Lo registraron todo. Lo destrozaron todo. Atentos siempre a las luces —en algunas casas las habían apagado de pronto—, iban con un poco de prisa. De pronto, encontraron algo de lo que buscaban. En el despacho hallaron una tarjeta de Mussolini y una carta de la Infanta Beatriz agradeciendo al Comandante Albert un regalo de bodas que éste le hizo en nombre propio y de otros artilleros.

Para qué más; ya estaba justificado todo, hasta la muerte.

Uno de los asaltantes, con la mirada extraviada en una bizquera horrible, preguntó:

—¿Dónde lo llevamos?

Y otro, con una melena repugnante, replicó rápido:

—A la POUM.

Y remachó el bizco:

—Muy bien. ¡Hoy si que nos llevamos un pez gordo!

Y lo bajaron dejando en la casa, atenazadas por el dolor, a una esposa y a una hermana...

En la escalera subía un vecino, y al ver al Comandante Albert, fue a saludarle. El bizco, que ponía el comentario cruel en todas sus palabras, exclamó:

—Sí. Sí. Despídete. ¡Que ya no lo verás más!

Era la coletilla con que aquella hiena rubricaba todos sus crímenes y que habían adoptado todos sus
secuaces.

Trasladaron al Comandante Albert al Hotel Colón, centro de los comunistas catalanes; mejor, del comunismo internacional. Allí —extraña galantería o refinada perversidad— le permitieron telefonear a los suyos.

Al día siguiente le sometieron a un extenso interrogatorio. El que le preguntaba, iba vestido con gran elegancia y sobre la corbata roja tenia un alfiler pequeño de oro, representando la hoz y el martillo.

—Tú ¿qué ideas tienes?

Y el Comandante Albert, con voz firme, con valor seco, con acento guerrero, contestó:

—Yo soy católico, español y monárquico.

Esta respuesta desconcertó un poco al severo fiscal, quien, sin meterse en nuevos dibujos, le preguntó por varias personas significadas de Barcelona. El Comandante Albert, sistemáticamente, hacía un gran elogio de todos ellos...

—Pero tú encuentras a todos buenos y santos...
—Naturalmente... Como que todos son amigos míos... Y yo elijo mis amistades entre personas buenas y santas...

Viendo que no podían hacer carrera de él, le encerraron en el sótano, en el local donde el Hotel Colón tenía instalada su famosa Bodega Andaluza, lugar frívolo, lugar alegre que ahora era cárcel y tumba y tragedia.

Allí, toda la noche, sentado en una silla, el Comandante Albert esperaba su hora. A su lado, un muchacho y un viejo esperaban también, frenéticos y desesperados. Eran sobrino y tío. El más joven, no pudiéndose contener, se intentó fugar. Sólo lo intentó. Un tiro rápido le dejó muerto en el sitio. Su tío, al comprobar aquel espanto, se volvió loco. Y el Comandante Albert pasó la noche sentado en una silla teniendo a sus pies el silencio y la inmovilidad de un muerto y a su lado la agitación y los rugidos de un loco.

Pero grande era el temple del Comandante Albert, y no claudicó con el derrumbamiento de su valor.

Y al día siguiente ocurrió un hecho providencial. Acertó a pasar por allí un judío alemán. Un hombre que parecía mandar mucho y al que respetaban todos. Este alemán tenía tres hijos. Hacía un año que el Comandante Albert, con dos compañeros más, en una de sus obras sociales del barrio de Sans, se preocupó de que los tres hijos del alemán fuesen bautizados, apadrinando a uno de ellos. Lo vistió. Y después el alemán, cuando necesitaba algo para el muchacho, se lo pedía al Comandante, y éste, generoso siempre, le daba algún dinero.

La historia es breve. Al ver al Comandante, el alemán gritó:

—Para este hombre, lo mejor que haya...

E inmediatamente le dieron comida buena, tabaco, vino, licores. Y al día siguiente, después de dos noches de prisión, fue puesto en libertad.

Al llegar a su casa, el Comandante Albert, que acababa milagrosamente de escapar de una muerte cierta, dijo, abrazando fuertemente a su esposa, con una gran emoción:

—Nunca en mi vida me había sentido más católico, más español y más monárquico...

***

Y ya el Comandante Albert; después de unos días dedicados en Génova al reclutamiento de voluntarios, entró en los campos de batalla, ansioso de reivindicar con su conducta heroica el nombre de ese desventurado pedazo de España que se llama Cataluña. Y tomó parte en la conquista del Cerro Muriano, al frente de unos muchachos falangistas y en colaboración con los regulares de África y con los caballistas de Cañero. El Cerro Muriano era duro, alto, fuerte. Caía el sol a plomo y el Comandante Albert, arengando a las tropas, subía con gran fatiga. Pero allí ese caballero español, todo audacia, simpatía y valor que se llama don Antonio Cañero, estaba pendiente de todo:

—Tome un caballo, mi Comandante...

Y el Comandante, rendido, subía a caballo en el último momento y coronaba la montaña con la victoria.

Y ya de regreso, destrozados los pies, jadeante el pecho, le decía a su esposa:

—¡Qué hermoso es sufrir por la Patria! ¡Qué gusto da sacrificarse, hasta caer rendido de cansancio, por España!

***

20 de septiembre de 1936. Toma de Santa Olalla. Acción ésta en que la aviación roja atacó con un vigor y con un acierto en ella inusitado. El Comandante Albert, al lado de Castejón y en el batallón de Carranza, soñaba con llegar a Toledo y libertar a los héroes del Alcázar.

Estaban en la plaza Mayor. Castejón, con su gran experiencia, le gritó a Albert:

—Escóndase debajo del pórtico. Es peligroso el momento...

Y Albert, disciplinado, se escondió. Pero de pronto, allá, en el otro extremo, ve al Capitán Planell. El Capitán Planell es catalán, ha podido también fugarse de Barcelona. La sorpresa, el entusiasmo es más fuerte que la voluntad. Y avanzaron ambos, a la vez, en descubierto, y se abrazaron estrechamente.

—¡Planell!
—¡Albert!

Y en aquel momento estalló una bomba a sus pies. Fue sólo un momento; las dos piernas de Planell cayeron como segadas por una hoz. El Comandante Albert, destrozado el corazón por la metralla, cayó muerto, y su rostro reflejaba una mueca de desprecio, de desdén hacia la muerte, como si la riñera:

—¡Venir ahora que estaba tan contento! ¡Qué inoportuna eres!

Así, de este modo trágicamente vulgar, se perdió el Comandante de Artillería Manuel Albert Despujol. El Comandante Albert, que en esta guerra lo hubiera logrado todo. El Comandante Albert, que hubiera entrado en Barcelona con todos los honores. Que hubiera ocupado allí un alto cargo. ¡Qué buen alcalde hubiera hecho! Pero ahora es algo más que todo eso. Porque ahora es el héroe y es el mártir.

Héroe y mártir de la Cataluña española y noble y digna. De una Cataluña que existe y que no se debe postergar. El Comandante Albert ha caído tal vez para ejemplo. Para decir a España toda, al mundo entero, que no todos son separatistas ni canallas. Que aún hay catalanes nobles y valientes que, como los héroes de Figueras y de Gerona, y como los héroes de Prim, saben morir por España...

¡Quizás por eso sólo, Dios nos ha querido arrebatar al Comandante Albert!

El Terror Rojo en Cataluña (Antonio Pérez de Olaguer, 1937)

I - Pórtico
II - Horda sacrílega
III - La fobia antimilitarista
IV - Gestas del vandalismo

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