dissabte, 24 de juliol del 2021

Los bárbaros en Tortosa (1936-39) VI - En tercer lugar

El día 23 de julio se vió claramente por primera vez que la Divina Providencia velaba por nosotros. 

Serían las tres de la tarde cuando descendió las escaleras del primer piso del Centro Obrero de Corporaciones el tristemente famoso Juan Vilás (a) Chaparro con un papel en la mano. Se sentó preocupado en una de las mesas, a la sazón desocupadas. Se puso a leer el citado papel, que seguramente acababan de entregarle los individuos que formaban el comité del Partido Socialista o del citado Centro. Hasta la fecha no hemos podido averiguar con certeza quienes fueron los que dieron este papel al que poco tiempo después había de adquirir triste y trágica celebridad. 

Un peón albañil, al que nosotros no debíamos ciertamente ningún favor, pero con el que nos unía desde hacía muchísimos años una buena amistad por habernos criado y convivido en un mismo barrio, observó la preocupación del Chaparro, leyendo y releyendo el citado papel, y se acercó a su mesa preguntándole el porqué de su nerviosidad. Y le enseñó el citado papel. Se trataba de una lista en la que figuraban una veintena de nombres. El peón de albañil la leyó. Inquirióle su significación. El Chaparro le manifestó que le habían ordenado la inmediata detención y encarcelamiento de las personas allí anotadas. El buen obrero protestó, manifestando que se trataba de personas dignísimas que ningún daño habían cometido contra el orden y la causa obrera. Alegó que eran medidas de precaución ordenadas por el Comité. El que encabezaba la relación era D. Restituto González, militar retirado, y le seguía D. Manuel Gordon. Nuestro modestísimo nombre figuraba en tercer lugar. 

Mi amigo el obrero protestó de nuevo y enérgicamente contra la inclusión de mi persona, pidiendo fuera excluido. El Chaparro se negaba. Aquél después ya no exigió, suplicó en mi favor, alegando circunstancias que en aquellos momentos el Señor le inspiró. Por fin se avino el Chaparro a excluirme, pero para salvar su responsabilidad, escribió nuevamente todos los nombres en otro papel, excluyendo el mío, a fin de poder alegar, cuando se le hicieran cargos por no haberme detenido, de que mi nombre no se le habla facilitado, presentando al Comité, como comprobante, la lista que se le había dictado, y en la cual yo no figuraba. 

Pocas horas después la totalidad de las dignísimas personalidades que figuraban en la trágica lista eran detenidas y en los primeros días del mes de agosto villanamente asesinadas. 

No tardé en enterarme de esta feliz, para mí, escena, faltándome tiempo para advertir a cuantos amigos me fué posible en aquellos terribles momentos, en que las calles todas de la ciudad estaban poco menos que tomadas por asalto por los afiliados de las agrupaciones izquierdistas, armados, como si en nuestra querida Tortosa se albergaran los criminales más empedernidos, para que se pusieran a salvo. 

Desde aquel momento, aunque ya lo adivinamos desde el primer instante, comprendimos que éramos presa codiciada de algunos elementos, que no olvidaban nuestras campañas en defensa del Orden, de la Religión y de la Patria, y en contra de todos los malandrines y vividores de la política. Más de una vez en anónimos y desde su prensa se me había amenazado para el día de su definitivo triunfo. Y ahora que creían que la victoria les sonreía se disponían a ajustarme las cuentas...

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